🌾3.XXXII: Antes de rendir el alma
Tercer Acto, Movimiento XXXII: «Por arte de magia»
Anteriormente en «Antes de rendir el alma»…
(Introducción a la historia para nuevos lectores)
El anterior movimiento de Nora aquí:
Si no sabes de qué va esto, tienes una introducción en el link de arriba. También puedes buscar en el índice de la historia y leer desde donde te quedaste.
Hay nuevo movimiento todos los miércoles y sábados.
¡Acuérdate de suscribirte para que no se te pase ningún turno!
- Tercer Acto -
XXXII
«Por arte de magia»
Vuelves a abrir el puño. Los hilos en flecha de tu anillo-brújula apuntan en aquella misma dirección, más allá de la montaña de cascotes, pero ahora tan pronunciadamente, con tanta urgencia, que parece que fuera a salir disparada de un arco.
Sin embargo, terminas por ser tú la flecha.
💥
Sales, sigues la dirección que marca el anillo
(100% de votos, crítico)
El latir del peligro, o de la oportunidad, te termina por poner alas en los pies y subes como una gata esa pared tumbada, luego los cascotes, la montaña de escombros y, ya ayudándote con las manos, ahora con los codos, las rodillas, emerges recién nacida a la noche de Madrid.
El estropicio es mucho más discreto en la calle que en las celdas. Cuando levantas la vista, te es fácil ubicarte: ves la cúpula negra y esa fachada triste, de tan simple, de la parroquia. Alguna figura se asoma a las ventanas para enterarse del ruido, crees ver alguien que te apunta con un móvil, en la esquina de la plaza, y ya es oficial: eres una prófuga, sólo queda actuar como tal.
Corres.
La flecha de hilos trenzados apunta hacia el mercado, crees, estás convencida, que te lleva al apartamento de los agentes, ahí donde empezó todo, pero, al llegar a la altura de la frutería de Kiko, se mantiene firme hacia el frente. Cambias de sentido, te giras hacia el andamio para forzar que la flecha señale hacia allí, pero el anillo hace que esa distorsión se deslice a un lado, y vuelve a apuntar hacia más allá del mercado y ese apartamento en obras del Gremio.
Ya es de noche, ya están todas las tiendas cerradas, no eres la única en ser iluminada por las luces azules de policía, pero sí la única en detenerse. Escuchas las siernas, ansiosas, acercarse a tanta velocidad que parecen sedientas de embestirte, no de detenerte.
Miras hacia atrás y dejas caer los brazos.
No sabes cómo vas a explicar esto. No hay ninguna manera posible de defenderte ya, así que no tratas de encontrarla. Miras directamente a los faros queriendo cegarte, para no tener que ver lo siguiente que te toque pasar: el juicio, el psiquiátrico… pero el patrulla sigue de largo, ni siquiera aminora para comprobar tu descripción.
Es como si no te hubiera visto, ahí, descalza y en tu uniforme verde del Mercadona. No hay nadie más fácil de identificar y, sin embargo... Bajas la mirada y ese haz de luz, el violeta, parece haberse desligado del anillo para empezar a envolverte a ti en un torbellino amable, lento, que te recorre en espiral. Al llegarte a los pies, desanda su camino para volverte hacia la cabeza.
Alguien pasa a tu lado, tan cerca, tan a punto de chocarte, que resulta evidente: la gente no te puede ver. Algo que, parece, tiene su propio precio, porque el anillo está cada vez más caliente.
Te lo tienes que cambiar de mano y, desde esta otra, ves que los ahora solitarios hilos verde y dorado siguen apuntando hacia más allá del mercado.
Y, así, cruzas Madrid. A pie y sin zapatos.
Cuando ya estabas llegando a Atocha, te paraste y, con algo de vergüenza, te acercaste el anillo a los labios para decirle, bajito:
—Pero dime a dónde vamos, puedo tomar el metro y…
Pero no hubo respuesta.
Así que no lo vuelves a intentar: después de Atocha sigues por Lavapiés, Sol, Malasaña, Argüelles y, cuando llegas a Moncloa, con lo que quedan de los calcetines, tiznados, y los pies a caérsete de dolor, por fin la flecha gira hacia tu izquierda.
Con el Parque del Oeste a la derecha, sigues por una calle de edificios bajos hasta que la flecha vuelve a girar para señalar, muy a punto de explotar en fuegos artificiales, a la izquierda. Y el haz de luz violeta te abandona para volver a orbitar el anillo. Llegados a este punto, después de quizá dos horas de camino, no lo podías aguantar en la misma mano más de uno o dos segundos.
Pero parece que empieza a entibiarse. Das unos últimos pasos más hasta dejarte frente al portal. ¿Y ahora?
Dos, dos, cinco. Seis, cuatro, ocho. Campana.
Escuchas de nuevo esa voz de mujer, cansada, y te apresuras a tocar en el tablero del portero automático los números, antes de olvidarlos. Cuando pulsas la pequeña campanita de la esquina, un zumbido abre la puerta y tú te lanzas tras ella, necesitando poner ya la seguridad de una pared entre la calle y tú.
Sigues la flecha, que chispea de excitación, por las escaleras. No cuentas los pisos, pero en algún momento te coloca en frente de una puerta acordonada con cintas policiales.
Te acercas para leer: «Policía Nacional – No Pasar».
Aunque ya es un poco tarde para empezar a hacer lo que te dice la Policía Nacional. Llevas la mano libre al picaporte, convencida de algo o por alguien, y sale disparado el haz verde. Te recorre el brazo en espirales, te cruza el cuerpo hasta llegarte a la mano contraria y se pierde en la madera de la puerta.
La notas rechinar, te llega una vibración a través del metal, y, de pronto, sin que tengas que girar, la puerta cede hacia el interior.
Te agachas para salvar las cintas y tanteas la pared hasta conseguir encender la luz al entrar. Es sólo un piso bonito, moderno, con gusto, y una alfombra de pelo largo, blanco, que te enamora, pero no hay tregua ni para preguntarte por qué te ha traído el anillo ahí. Un tirón violento te estira del brazo, te fuerza a abrir la mano y el anillo sale volando más allá del sofá y esa alfombra de revista.
Se queda fijo en el aire, con los tres haces de luz dibujando órbitas cada vez más amplias en torno a él. Cuando llegan a abrirse tanto que casi, en su baile, llegan a tocar el techo, saltan para sumergirse por el ojal del anillo y desaparecen junto a él.
Te acercas, pensando que ha caído al suelo, tal vez, para marcar una nueva dirección a la que ir, pero no lo ves por ningún lado. Estás a punto de agacharte, para buscarlo entre el pelo largo de la alfombra, cuando ves algo estático en el aire. Apenas un agujero de punzón que, como alimentado por tu mirada, va creciendo y creciendo para cobrar una fuerza de tracción que, si no te resistes, pronto será capaz de succionarte con ella a sólo Dios sabe dónde.
Te agarras al respaldo del sofá. Por ahí ha desaparecido el anillo. Te crecen espinas de terror en las entrañas.
*Si tienes problemas para votar en la encuesta, dímelo.
📜Diario: Esto, simplemente, no puede estar pasando de verdad.
🎒Inventario de Nora: Tenedor de plástico.
🗣️Charla de entretiempo (pendiente): ¿Cómo conoce al Gremio y qué le dieron a cambio de entregarme? (Ginés)La última gran decisión.
Y tienes hasta el sábado 6 de diciembre (6:02 AM, GMT)1 para decidir el rumbo de Nora y de Antes de rendir el alma.
Pero sin presiones, ¿eh?
¡Besitos volados!
Este movimiento continúa el:
Sábado 6 de diciembre
· Esta es una historia dentro del universo de «Caminos de vuelta» ·
Puedes comprar la novela aquí
Ciudad de México (UTC-6): 00:02 AM
Buenos Aires (UTC-3): 03:02 AM
San Francisco (UTC-8): 22:02 (del día anterior)
Bogotá (UTC-5): 01:02 AM



Ya llegamos hasta aquí y no nos vamos a asustar