🍂III: Mi opinión sobre Israel, los israelíes e israelitas
Llegaron los farolillos para el chichi que no los quería (4+ mins)
Dos días seguidos mentando a la madre que le cosió el dobladillo a la polémica patria de Israel.
Debería dejar de jugar tanto con el fuego de las menorás, no vaya a ser que termine pasando las Navidades a la sombra del Alcalá Meco jerusalemita, con la tontería, por meterme donde apenas me saben llamar por mi nombre.
Me he despertado retorcedor de expresiones hechas hoy, parece.
¡PERO!
Todo eso será a partir de hoy, porque lo que quiero ahora es terminar el plan original de esta serie, en donde explico lo que opino de Israel, como estado, de los israelíes, como humanos, y de los israelitas, como ancestros que levantan los hombros, desentendidos, y se lavan las manos en un netilat yadayim eterno.
Empecé, en agosto, explicando mi opinión, desde la historia de esta tierra, sobre el derecho o carencia de él que tendría Israel para ocupar un lugar aquí, basado en esos antecedentes ancestrales.
En noviembre te conté mi opinión desde las personas, que viven a un lado y otro del muro. Tratando de desprender la parte política para quedarnos sólo con lo humano.
Hoy, muy cerca de la noooche de paz, noooche de amor, te voy a dar mi opinión de la paz. Ese salam y shalom que se dicen entre ellos, pero nunca hacia el otro, y por qué creo que, aunque se acabe la guerra, eso de la paz, lo que se dice paz, va a tener un taco de letra pequeña.
Es muy probable que la serie continúe, cuando tenga algo que decir, más allá de esta tercera parte. Pero con lo de hoy se completa lo que creo que es mi pensamiento basal de, cuando miro una bandera israelí, qué me pasa por la cabeza.
No me gusta utilizar tantísimas palabras en inglés, pero traduciría «disclaimer» con algo así como «descargo de responsabilidad», y es algo que no me casa en absoluto. Porque yo no renuncio a la responsabilidad ni de una letra de lo que escribo en Miradero, pero sí quiero avisarte de algo antes de seguir:
Mi opinión es mierda seca.
Fórmate la tuya.
Habrá palestinos e israelíes, u otra gente de su propia casa y pueblo, que crea que lo que digo es acertado y otros, con el pasaporte del mismo color, que no, que soy un imbécil y que no me entero de nada.
Lee esto como el cartógrafo que volvía de una travesía naval, flaco, sucio y medio loco pa’l coño de comer cuero de bota, con un churro de mapa en las manos y que decía, al pisar puerto:
CARTÓGRAFO: Algo así hay por allí, más o menos, para que te hagas una idea. Que vaya otro ahora y lo ponga en limpio, yo me voy a que me sirvan un sancocho.
Y sancocho es un plato típico canario.
Cuestión, que esto no es una biblia, es más bien una servilleta doblada para que le pongas a la pata de la mesa que te baila.
Es cosa tuya, con el tiempo, buscarte la vida para equilibrarte la mesa más dignamente y con más fundamento.
Claro que hasta las servilletas hay que pagarlas.
¡Besitos volados!
(Suena un clin-clin de monedas.)
🍀III: Mi opinión sobre Israel, los israelíes e israelitas
Parte III: un razonamiento pacífico (7 mins)
Mi opinión sobre Israel, los israelíes e israelitas
Parte I – Un razonamiento histórico (10 mins)
Parte II – Un razonamiento humano (7 mins)
Parte III – Un razonamiento pacífico (7 mins)
Parte III: Un razonamiento pacífico
—¡Quéremos paz! ¡Paz! ¡PAZ! —grita una señora, desconsolada, con la bandera de Palestina pintada en los mofletes, como si fuera a jugar el final del mundial contra Brasil.
No estoy pensando en ningún vídeo que haya visto, ni en ninguna manifestación en concreto, pero son muchas, en todas partes del mundo. Esta vez no me quemo con el fuego de la menorá si pongo la mano y digo que, alguien, en algún lugar, ha gritado algo así.
Tengo amigos que dicen que las manifestaciones no sirven para nada. Creo que ese tipo de pensamiento te lleva a cultivar la idea de que no tienes nada que hacer frente el poder estatal e internacional, que estás a su entera merced.
Y hay que ser muy imbécil para querer tener, voluntariamente, las raíces de una idea así clavadas bien profundas en la cabeza de uno.
Un solo individuo puede cambiar el mundo.
No es una promesa, no es una profecía ni una imaginación utópica: es una realidad histórica que se ha repetido en mil millones de geografías humanas diferentes.
Pensar lo contrario te concede el papel del débil en la Historia, el menesteroso que se deja mecer al capricho de unas fuerzas invisibles, divinizadas por tu propia pusilanimidad.
Nunca aceptes nada que te sitúe en ese papel del débil e inerme en el teatro de la vida. Es el papel más ingrato y peor pagado.
La voz en grito de un solo ser puede cambiar el destino de un país y, a veces, de la humanidad. Piensa en el 2 de mayo de 1808, cuando el ejército francés se estaba llevando a los últimos miembros de la familia real para tenerlos prisioneros en París. Y alguien gritó:
—¡Qué nos los llevan!
Y la gente saltó sobre el ejército francés a sacarle la vida con las uñas y los dientes, para gloria, una de las últimas, del pueblo español en su historia.
Una gloria que no sabría manejar, ni se merecería heredar, el rey Fernando VII, cuando esos mismos españoles desengancharon los caballos de su carro, seis años de guerra después, para arrastrarlo ellos mismos hasta su palacio.
Pero ese símbolo, y esa maldición de la gobernanza española, es otro cuento.
Lo importante hoy es recordar que sólo hace falta una voz que despierte lo que todos a su alrededor piensan, que los haga ver que no están solos, que comparten el mismo dolor y son presos de la misma injusticia.
Y una manifestación pública tiene también ese poder.
Pero hay que saber qué gritar.
Gritar por paz para palestina en una manifestación es no saber qué coño estás pidiendo.
Porque la ausencia de guerra no es paz, porque, con el dolor de ya haber empezado a querer esta tierra, te digo que la paz para palestina, si uno lo piensa un poco, es ya imposible.
Y aquí es donde tengo que meter el corte de pago.
Porque la siguiente frase que voy a decir, mal leída, haría que Israel me pegara una patada en el culo y me devolviese a España, o algo peor.
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