🍂Un asalto del ejército israelí a la universidad, pero con buen gusto
Porque son sus costumbres y hay que respetarlas (5 mins)
—Para ya. Me vas a poner de los nervios a mí también.
El soldado Shalev deja de mover la pierna y pierde la vista por la ventana, la expresión redoblada en seriedad, con el inconsciente queriendo reparar ese algo.
—¿Es la primera vez que sales, no? Ni te rayes, la mayoría ya ni nos mira al pasar. No se van a atrever a nada —Un bache hace que el cabo se apoye en el asiento delantero—. Nunca se atreven a nada.
—No, si da igual… Estamos para esto, al final. O sea, es sólo que no sé por qué hemos montado ametralladora en el Wolf. ¿Normalmente se sale sin nada, no?
El cabo se queda un momento mirando a la pared, que los separa de la cabina delantera. Mira, aun sin verlo, hacia donde ha de estar el asiento del sargento. Se lo imagina con los joysticks de la ametralladora remota abandonados, el cigarro consumido en una mano y el móvil en la otra.
—Es por el coronel.
Shalev lo mira, esperando que continúe esa explicación que no llega. Un por qué el coronel ha insistido tanto en sumarse a una misión tan estúpida como ir a la Universidad de Birzeit de noche. Quizá esté evaluando al pelotón... No, no tiene demasiado sentido. Habría mandado a algún teniente a hacerlo.
Un chasquido del walkie lo hace volver al Wolf:
—Cuidado atrás, que viene la puerta —suena metálico desde el intercomunicador.
El cabo vuelve a apoyar la mano en el asiento delantero. También los soldados. Para cuando Shalev va a imitarlos, el casco le choca con el reposacabezas del compañero. Mal aprovecha el rebote hacia atrás para disimular mirando de nuevo por la ventana. Y aprieta las muelas, cansado de tanto quedar como un imbécil delante del cabo.
El paisaje de árboles sube y baja mientras el Wolf termina de pasar sobre la puerta de acceso tumbada, y acaba por estabilizarse para que Shalev vea, a través del enrejado, un vigilante de camisa azul y brazos en jarra.
Los mira con la ausencia y suspenso que ha de mirarse un meteorito pasar.
Más arriba en el campus, cuando se detienen y el portón del Wolf se abre, Shalev ve la oportunidad. Se lanza fuera y corre a tomar posición tras un murete, rodilla en tierra y el fusil alto, apretada la mejilla al culatín, para cubrir el sector de la entrada norte.
—¡Shalev!
Shalev mira sobre el hombro, el pecho conteniendo una respiración pesada, a la espera de órdenes:
—Y los carteles, ¿qué? —El cabo señala al Wolf con dos golpes de pulgar.
Lleva el fusil olvidado a un lado, pendido de la correa, con paso lento hacia el edificio más cercano. Los soldados ya le siguen con la misma calma. El sargento se enciende un cigarrillo frente a la puerta de copiloto; el casco muy bajo, tratando de parar el viento.
Los chispazos le iluminan en morse el chaleco antifagmentos en la noche.
Cuando por fin levanta la punta del cigarrillo en ascuas, victorioso, Shalev ya está recogiendo los carteles en su caja, el fusil también a un costado. Apura el paso para llegar junto al pelotón, que entra distraído en la facultad de Diseño.
Y la exposición está en la misma entrada.
—Vaya terroristas más creativos, ¿eh? ¿Cuál crees que ha sido su musa? ¿Una bolsa de patatas?
Todos truenan en risas. Uno de los soldados se acerca para tocar el vestido del que se ríe el otro, abombado y brillante. Con la caja de carteles en brazos, Shalev deja correr la vista por los maniquíes.
Cuando le dijeron que iban a una exposición de moda palestina, nunca se imaginó algo así. Pensaba encontrarse con trajes largos, tradicionales, discretos. Desde luego no este tipo de moda tan… de la tele. Tan como esos desfiles extraños, que retuercen el diseño hasta lo surrealista. Tan moderno.
Trata de explicarse todavía el porqué no hay ni un hiyab, cuando suena la puerta a su espalda.
Echa mano al fusil y apunta al girar sobre los tacones. El coronel lo mira sereno, más seguro tras lo espeso de las cejas canas y la barbilla alta que por el casco y chaleco. Shalev aparta el fusil y se pone muy firme, a punto ya de levantar la mano a la sien:
—Como me saludes, te parto el pecho de un puñetazo.
Demasiadas cosas nuevas para recordar, pero no saludar marcialmente a oficiales de misión es una de las importantes. Se aparta, torpe. El coronel camina algo más y se detiene en mitad de la exposición. Suspira sin cansancio, sino más bien…
Un soldado va a clavar uno de los carteles al vestido más cercano, y la voz del coronel resuena en el hall:
—En los modelos no.
El soldado asiente y lo pone en uno de esos paneles explicativos, al lado del maniquí. El coronel inclina la cabeza hacia el sargento, ya a su lado:
—Que los tiren por ahí, los peguen en los carteles… Pero los modelos que no los toquen.
El sargento reproduce ese mismo asentimiento vacío del soldado. Shovel, más por desaparecerse que por colaborar, con cinco o seis de esos papeles en las manos se acerca discreto al cabo:
—¿Qué ponen, mi cabo? —susurra.
El cabo, el único árabe del pelotón, estira un dedo para señalarle las letras del cartel que acaba de pegar:
—«La actividad del bloque estudiantil es una actividad terrorista» —El índice salta de línea—. «Todo aquel que participe en la actividad del bloque estudiantil destruye su vida y daña su futuro y el de sus compañeros de universidad» —Deja de seguir las letras con el dedo, pasa a descansar las manos agarrándose el cuello del chaleco—. «La actividad del bloque estudiantil está vigilada, continuaremos trabajando contra ella».
Las últimas palabras las dice ya agachándose a coger otro par de carteles del montón:
—«Pagarán el precio de su actividad» —Los tira sin orden a un lado.
Sólo tras el vuelo errático, vuelve a hablar:
—Dale la vuelta a ese, que se lea —Señala a uno que ha quedado del revés.
Shovel lo toma y, sin pretenderlo, va a pegarlo justo en el panel explicativo del modelo que mira el coronel. Darse la vuelta quedaría incluso más estúpido que este sobresalto que ha pegado. Da los últimos pasos hasta él, con aplomo forzado, y corta un trozo de celo mientras mira de reojo.
El coronel está ante el maniquí con su misma quietud, la mano en el barbuquejo del casco y la barbilla. De pronto, echa un vistazo a la imagen del panel. Una chica viste ese mismo vestido, pero la foto la ha capturado dando vueltas y la falda, hecha a secciones, se abre como un tulipán caprichoso.
El coronel toma una sección de la falta, la sube y la deja caer.
Aun con los labios sellados, se le escapa por la nariz un murmullo de aprobación.
Si alguien te ha reenviado esto, tu alguien me quiere mucho. Quiéreme tú también suscribiéndote:
Esto pasó hace unos meses, en septiembre.
Yo sólo lo he novelado, porque me apetecía contarlo así. Lo único de lo que no me acuerdo es si el oficial era coronel, pero es cierto que fue con el pelotón sólo para ver la exposición de moda de la facultad.
Nunca pongo imágenes en Miradero, pero me voy a permitir esta excepción, por si alguien todavía tiene dudas de que el ejército israelí entra cuando le sale de los huevos en la universidad para intimidar a los estudiantes con sus movidas.






Que me detengan, como en la canción, pero no será por mentirosa.
¡Besitos volados!
Si quieres leer más de mis batallitas por Palestina, están todas aquí
P. D.: Ya que estoy, aprovecho y te enseño mi vestido favorito de la exposición 🐵



Me encanta la exposición de moda, es súper creativa y... ¡Moderna!
Está sociedad está fatal. Relatos como el tuyo, novelado pero basado en hechos reales, me lo confirma.
¡Qué penita más grande!
Parece un cuento de tan estúpido que parece todo. Supongo que creen que así mirarán la resistencia de los palestinos, pero me da que es al contrario, le da más leña para su fuego interno.
Que vergüenza.
Gracias por compartirlo.