🌱VII: Panegírico de la discordia
Continuación de «Ojo por ojo»
Esta historia continúa:
La de hoy es la séptima de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el índice el capítulo que te falte.
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—No quiero ser yo como la cotorra de barrio que siempre se acuerda de pavonearse cuando, de casualidad, de tanto ocuparse en la vida el resto, un día el mundo le confirma alguna de sus mal habladurías, pero… Plega a Dios que no mintáis… —Consuelo asintió varias veces con intención.
Amalia también cosía a su lado dobladillos de vendas, o más bien las apuñalaba con una rabia que, si bien no quería que su amiga notara, no podía esconderse ni a sí misma. No habría cosido con tanta saña ni la mortaja de su madre.
Dijo, como el rugido de un lince:
—¿Quién puede ser tan ruin? Hacerse pasar por enfermo para… —Agitó la cabeza.
—¿Para engañar a una dulzura como tú? Amalita, niña sol… Yo te hacía más viva en estos juegos. Pero yo también he aprendido algo, que ni le hace falta a un hombre hablar para mentir: ¡Plega a Dios que no mintáis con vuestro silencio! O con vuestro aliento, o con los acáis ¡Ay, los ojos! Los ojos son los que más mienten, porque nos han dicho que siempre dicen la verdad, que son el reflejo del alma; pero ¿qué otra cosa va a reflejar el alma de un mentiroso sino una mentira tan cruda que parezca verdad? Es como la Virgen del coro, que el maese imaginero, no queriéndo hacerla parecer mujer de verdad, con esos ojos como globos y ese cuerpecito de cajón, consiguió que diera un no sé qué, una impresión de que fuera a lanzarse a cantar con nosotras en la siguiente estrofa. Al final, me parece que así son las mejores mentiras: las menos elaboradas, las bastas a propósito, las que, por no intentar parecer verdad, van y lo parecen más que un juramento. A ti, sólo con no decir palabra, ya te metieron pajaritos en la cabeza; a mí, con un par de camelos huecos, ni promesa de tierras en el norte ni na que una escucha por ahí hizo falta, ¿eh? Me metieron un gigante dentro. Así vamos las bobas, así vamos… ¡Plega a Dios que no me miréis siquiera!
Amalia se levantó y tiró la venda terminada al cazo hirviendo. Consuelo miró la suya: todavía le faltaba la mirad de medio lado, y miró a Amalia de nuevo, que cortaba otros dos trozos y le echaba uno a ella encima mecánicamente, sin reparar en que, por una vez, había terminado ella antes.
Ya enhebrando para dar la primera puntada, apareció por allí Nati y le dijo que bajara, que la madre de la niña había venido para llevársela, que la superiora quería que comprobaba cómo estaban sus heridas antes irse y que le diera el tratamiento de curas.
Amalia escuchó aquello caminando por el pasillo, agradeciendo que se le presentara una tarea más compleja que coser para que le mantuviera la cabeza ocupada, pero, cuando llegó a la enfermería, allí sólo estaba el celador y aquel hombre que decía, ahora, llamarse don Julián.
Hasta aquel juego se le había acabado, esa breve diversión infantil de imaginar cuál sería su nombre. Evitó mirarlo como si hacerlo supusiera quemarse las retinas.
—Se ha ido —dijo el celador con abatimiento.
Estaba sentado en la cama, con la cabeza y el ojo izquierdo vendados. Aquellos dolores funestos, que la hermana enfermera y ella daban por fatales, síntomas de achaques que de ninguna manera ellas podrían tratar, desaparecieron aquella misma noche, dejando a su paso a un hombre más envejecido, como si la intensidad del calvario le hubiera sorbido un poco la carne del cuerpo.
—Su madre no quería que estuviera más tiempo aquí —retomó el celador—. Pero mejor así, si eso que me ha dicho es cierto. No. Con que sólo la mitad de lo que me ha dicho sea cierto, es mejor que no esté jugando a querer investigar con nosotros.
—¿Cómo con nosotros? —dijo el mentiroso.
—Usted me va a acompañar —El celador salió de las sábanas sin dificultad y se empezó a calzar—. Y como esa historia de fantasmas sea mentira, como me haya querido usted tomar el pelo, prepare el cuello para el garrote vil. Al superintendente le encanta probarlo con liberales revoltosos como usted.
—Lo que le he dicho es cierto —Sin embargo, la voz le salía quebrada, hecha añicos—. Pero no querrá también que sepa dónde encontrar a un rufián como aquel Diego Tramontana.
El celador, ya en pie, tomaba su casaca azul para terminar de vestirse.
—Yo sé dónde está De Tramontana —dijo Amalia—, pero allí no puede usted vestir de uniforme.
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“Pero yo también he aprendido algo, que ni le hace falta a un hombre hablar para mentir: ¡Plega a Dios que no mintáis con vuestro silencio! O con vuestro aliento, o con los acáis ¡Ay, los ojos! Los ojos son los que más mienten, porque nos han dicho que siempre dicen la verdad, que son el reflejo del alma; pero ¿qué otra cosa va a reflejar el alma de un mentiroso sino una mentira tan cruda que parezca verdad?”
Puedes mentir sin hablar... reflexionando sobre eso.
También para mí los ojos pueden mentir, pero el cuerpo no. Pero no siempre somos conscientes de esto, siendo criados para minimizar nuestros instintos naturales.
He estado estudiando algunos libros interesantes relacionados con aprender a confiar en nuestro animal instinto que nos acercan a la verdad que escuchar las palabras de alguien...
Nunca divida la diferencia: Negociando como si su vida dependiera de ello por Chris Voss, un ex negociador de rehenes del FBI
Aunque enseña la negociación a través de la adquisición de habilidades para hablar, la comprensión de nuestras naturalezas animales juega un papel importante en la habilidad...
Y
El don del miedo: Habilidades de supervivencia que nos protegen de la violencia por Gavin DeBecker
Los libros me sugirieron por unas razónes, pero por la que recomiendo que la gente lea antes o a pesar de que haya/no hay una razón. Información útil en general.
Es irónico que necesitemos libros que nos recuerden o enseñen cómo aprovechar mejor nuestra naturaleza animal, pero aquí estamos.
Los libros son buenos.
Aprender a mentir, a veces es bueno. En mi caso. Lo cual es difícil de entender para esta chica criada religiosamente. (Nunca he sido bueno en eso, pero no creo necesariamente que la religión lo haya causado, solo que lo perpetuó como un buen hábito... pero no todo es blanco y negro en el mundo).
¡Para los personajes sepultureros, suspenderé el juicio! Aunque los personajes de las monjas no lo están suspendiendo... jaja.
phew! Tema pesado, mentir o no mentir... Adelando al siguiente episodio...