🌱XII.2: Afectados crónicos por la magia
CapÃtulo XII.2: «Esputo de súbdito II»
Esta historia continúa:
Este es el capÃtulo doce-dos de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el Ãndice el capÃtulo que te falte.
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CapÃtulo XII
Esputo de súbdito II
Las pisadas metálicas suenan como un goteo lejano en el callejón, un goteo suave y hueco que todavÃa sube hasta el segundo piso. Y se calla ahora. El flequillo rubio de Ed emerge por el alfeizar y quedan esos ojos negros en el borde de la ventana. Cuando el ojo derecho de Emily se asoma por un lateral, reconoce el collar y esos grandes medallones antes que al propio mago que, dÃas atrás, apareciera hecho una furia por la oficina.
Su presencia desentona en ese sofá viejo, gastado, como si fuera un oopart o algo del todo ajeno al mundo, dislocado del tiempo. Habla, de perfil, la mirada puesta en la espalda de Jacques:
—Conozco a poca gente que osarÃa hacer esperar tanto a un mago.
—Con todo el respeto, no creo que usted se relacione con demasiada gente que no sea mago.
Un golpe de carcajada, único, más el grito de un artista marcial que una risa, y levanta las manos un tanto, como si lo hubieran pillado a punto de tomar algo que no fuera suyo, pero tan artificial, tan falsamente humano, que, si Jacques lo hubiera visto, harÃa bien en preocuparse.
Pero no lo ve.
Prepara una bebida en el minibar, o eso parece. Emily sólo alcanza a escuchar el tintineo de hielos, un verter atragantado de lÃquido, y ya aparece por el marco de la ventana: un hombre negro, robusto y un tanto achatado o compacto. El pelo largo, recogido y trenzado al uso tribal, más que desentonar, desafÃa a la ropa occidental que lleva. Deja un vaso corto ante el mago y se sienta frente a él.
Al cruzarse de piernas, el metal de unas pulseras le suena en los tobillos.
—Te he visto hoy en la prensa —dice el mago.
Jacques detiene el giro del vaso, lo justo para dejarse hablar antes de beber:
—Nos han tomado interés.
—No me extraña, no me extraña… Ha de ser un desfile tremendo ese que has montado, Jacques.
Y hay una mirada de Jacques, demasiado cargada para mantenerse muda mucho más:
—¿Puedo llamarte Delbert? —dice.
—No.
—Entonces, llámeme Mr. Rossa y yo haré lo mismo —Vuelve a beber, más con el gesto que con los labios.
El ojo de Emily se dispara al mago; ese proyecto de sonrisa se le escurre de las comisuras, le empaña el rosto. Una rigidez agresiva ahora, o quizá sea el deseo de distancia, el deseo de huirle a un hedor fuerte. Por primera vez mira el vaso:
—Ya veo. El problema, en cualquiera de los casos, está en creer que somos lo mismo —Aún baja la barbilla, lo mira—. No lo somos, Mr. Rossa.
—Es un placer no serlo, Mr. Claiborne —Y deja el vaso en la mesita, tal vez para prevenirse la tentación de lanzárselo a la cabeza—. Creo que el Pináculo tiene una oferta, ¿le parece si la hablamos? O prefiere continuar con los cariñitos.
Habla muy rápido, como si esta fuera su propia prevención:
—El Pináculo está interesado en financiar un complejo de circos permanentes a lo largo del estado y, tras el esperado éxito de la empresa, hasta alcanzar una extensión nacional; internacional, llegado el probable caso de que creciera el mismo interés que su circo despierta en nuestra ciudad.
—A lo largo del estado, ¿dónde?
—A las afueras de las ciudades, en puntos estratégicos determinados por el Pináculo, que le serán revelados después de formalizar la parte contractual del acuerdo.
—Entiendo. ¿Estratégicos… para qué? Si se puede saber.
—Estratégicos para asegurar el mayor flujo de visitantes a… las instalaciones durante sus trayectos entre ciudades, claro. Nuestros estudios muestran que…
—No me podÃa imaginar que el Pináculo hubiera despertado un interés tan inconmensurable por el arte circense.
—Las competencias e intereses del Pináculo están muy lejos de su comprensión, Mr. Rossa.
Descruza las piernas y las pulseras tintinean con el golpe al suelo:
—Desde luego que sÃ, porque le veo hablar de circos permanentes, instalaciones y, por algún motivo extraño, sólo escucho: campos de concentración, campos de concentración, campos de conce…
El mago levanta una mano, rÃgida, y son tan largos los dedos que harÃa falta mucha imaginación para no ver ahà una espada en guardia.
—Le pido que no haga esta conversación más difÃcil de lo que ya es para mÃ.
—Es cierto, ha de ser muy difÃcil y degradante hablar con un monstruo sin barrotes de por medio.
—Creo que esta ha sido la mayor lucidez que ha dicho hasta ahora. Asà que no le interrumpo más —Hace un gesto, como si lanzara pan a los patos.
—Es evidente que no ha visto ninguno de nuestros números. Ni usted, ni nadie en el Pináculo, si no nunca propondrÃan algo tan estúpido. Miracles Galore no es un muestrario de bestias grotescas, es una demostración y un reclamo de dignidad. Constante. Cada espectáculo ensalza al hiperestésico que lo performa: el público se asombra desde la admiración y el anhelo; cuando rÃe, rÃe por lo imposible, nunca desde el ridÃculo.
»¡Claro que es necesario jugar su juego! SonreÃr cuando nos llaman «Circo de los monstruos», venderles el morbo que quieren para traerlos a nosotros, para tenerlos en distancia corta y hacerlos ver que merecemos mucho más que tolerancia, mucho más que respeto, que somos dignos y peligrosos —Las cejas del mago se mueven—. Que ha de ser nuestro el aplauso, el elogio ¡y hasta la reverencia! Porque desde luego que no somos los mismo, Mr. Claiborne, ustedes tienen que aprender a canalizar la magia, ¡nosotros somos la magia!
El mago rechina los dientes y los vasos estallan. Emily y Ed desaparecen del marco de la ventana, a cubierto, y allá quedan los ojos de la chica, húmedos, más lejos que en la fachada de enfrente, con el frÃo de los ladrillos a la espalda y el corazón en clarines de caballerÃa.



