🌱V: …piensa bien a dónde fueras
Continuación de «Si esta noche te murieras…»
Esta historia continúa Si esta noche te murieras... Si todavÃa no la has leÃdo, probablemente deberÃas antes de empezar esta.
Esta historia es la quinta de la serie, si te has quedado atrás, puedes buscar en el Ãndice el capÃtulo que te falte.
Cuando se despertó, y una habitación desconocida empezaba a aparecérsele entre las sombras del sueño, la niña era dos ojos gigantes, muy redondos, que lo miraban desde el borde de la otra cama a punto de caerse. Como hipnotizada, lamÃa una cucharilla que llevaba mucho vacÃa:
—¿Y después? ¿Qué le dijo usted? —le insistió impaciente—. ¿Qué le dijo? ¿Qué le dijo?
—¿Qué dices, niña? —Manolo intentó erguirse en la cama, pero se detuvo con un gesto de dolor.
—Habla usted dormido. Mi padre sólo ronca. Mucho, pero sólo ronca —se levantó con cuidado y caminó el metro que separaba sus camas hasta quedar mirándolo muy desde arriba—. ¿Qué le dijo usted?
—No sé qué…
Empezó a recordar lo que habÃa pasado y entendió dónde estaba: El convento de las Recogidas de Santa MarÃa Magdalena. La niña estaba bien.
—A Margarita —dijo, y Manolo la miró como a un fantasma que viniera a atormentarlo desde las alturas—. Le pidió que lo prometiera, que lo prometiera antes de irse a la guerra con los granaderos del rey, que volverÃa y que se casarÃan. ¿Qué le dijo usted?
—Yo… —Se llevó una mano a la nuca y notó la cabeza vendada. Habló sin cuidado, como en un despiste de sinceridad—. Margarita murió en la guerra, niña. La mataron los franceses, o quién sabe quién... Espero que los franceses.
Manolo siguió midiéndose la magnitud de la herida con el tacto, en silencio, cuando una gota gorda le cayó en el pecho de la camisa. Inés lloraba con un dolor mudo que le estrujaba el rosto:
—Pero… ¡se querÃan tanto, tanto! —Se giró y saltó sobre su cama—. ¡Ay! —gritó por las heridas, como si saliera a la superficie a por aire, y ya volvÃa a llorar con la cara enterrada en la almohada.
—Mocita… —La miró con una pena indulgente—. Murió mucha gente, la guerra en casa de uno tiene esas cosas…
En la mesita compartida, más hacia el lado de la niña, habÃa una taza de natillas rebañada hasta dejarla limpia. Más hacia su lado, habÃa otra taza a un poco menos de la mitad, como si un ratoncito demasiado goloso hubiera pasado por allà y le dejara, por dolorosa cortesÃa autoimpuesta, al menos un poco de natilla para que la probara.
Se sonrió.
Sólo entonces reparó en el bulto de la otra cama, más allá de la niña. Un hombre medio erguido, sólo con los hombros apoyados en el cabezal de la cama. Manolo levantó la cabeza para verlo mejor y encontró, por una micra de segundo, sus ojos, antes de que centellearan rápido hacia el frente y quedara ahÃ, como perdido.
Lo observó sin reparo.
TenÃa el pelo de un rubio oscuro y, aunque desordenado, muy limpio, brillante. Llevaba una camisa blanca de corte francés, planchada, como si no se hubiera movido desde que se la puso. El cuello abierto dejaba ver un pecho sin vello y, las mangas, sobre la sábana, como plisándolas contra su costado, terminaban en unas manos finas y pálidas de no haber conocido ni un taller por dentro ni una granja por fuera.
—¿Qué tal amanecieron los agitadores del cementerio?
Una mujer tremendamente gorda o tremendamente embarazada entró por allà con gracia, aunque con una mano apuntalándose los riñones:
—¡Inesita, mi vida! ¿Qué pasó, por qué lloras?
Inés lloró algo ininteligible contra la almohada y se fue girando poco a poco:
—Ay… —Se llevó una mano al hombro—. Y yo que me quejaba de los arañazos de Bolas…
La recogida le preguntó si era por las heridas que lloraba y le respondió que no, que por otra cosa, que ya daba igual, que pobrecitos y que la guerra en casa tiene esas cosas. Entonces, Manolo le dio su nombre y las gracias por la asistencia, e insistió en pagar la minuta:
—Consuelo —respondió a la presentación—, y las recogidas no cobramos por nuestros servicios, señor celador. Aunque si me contará qué jaleo se traen en ese cementerio, que no dejan de llegarnos heridos, me darÃa por bien pagá.
—¿Cómo no dejan de llegar heridos? —Pese al mareo, Manolo se irguió en la cama.
—Pues hoy ustedes dos y, anoche, un viejo muy maleducado junto al señorito —Miró hacia el hombre de la otra cama, que seguÃa mirando fijamente la pared frente a él.
—Y está canatónico —le dijo Inés, asintiendo muchas veces con complicidad.
—Catatónico —corrigió Manolo mecánicamente, sin dejar de mirar al señorito.
—No, a mà me dijeron canatónico, que será peor.
Consuelo se rÃo por toda respuesta y, siempre con una mano en la lumbar, revisó las vendas de la niña y del celador. AsÃ, con la promesa de traerle un plato de la cocina, se fue.
Manolo seguÃa mirando al señorito y hasta bajó las piernas de la cama con intención de acercársele, pero, al erguirse tanto, un destello agresivo apareció en su ojo izquierdo para desfigurarle el mundo. Tuvo que bajar la cabeza, guiñando el ojo como un pirata herido. ParecÃa que algo fuera a salÃrsele del cráneo.
Entonces, el tintineo de un plato aterrizó a su lado.
—Y… ¿más natilla habrÃa, señorita recogida? —ronroneó Inés, muy bajito.
Entre ellos, una chica, más joven y pequeña que Consuelo, cargaba una bandeja del tamaño de una ventana. De ella sacó una tacita de arcilla y se la acercó a la niña, que la recogió al vuelo ahogando un chillido de emoción.
—No te muevas tanto, chiquita, que te saltan los puntos —dijo, y Manolo terminó de reconocer en ella a la recogida que le habÃa abierto la puerta del convento.
TenÃa una voz curiosa, pero el celador no terminaba de entender por qué. La miró deshacer el camino; la espalda perfectamente recta, casi marcando el paso.
Petit rat…
Pensó, o susurró, como si volviera a tener treinta años y guardara al señorito, a Paquito, en su viaje a ParÃs, después de la academia en los tugurios de bailarinas.
La chica dejó la bandeja a los pies de la cama del catatónico, tomó el último plato de sopa y se sentó a su lado, junto al brazo que reposaba plisando las sábanas. Llevó una delicadÃsima mano, paloma en vuelo lento, hasta su barbilla y, con dos dedos, la bajó haciéndole abrir la boca. TenÃa la espalda tan alineada con el cuello que, de lo antinatural, parecÃa una mala pintura.
Devolvió al mano al plato y cargó la cuchara con algo de sopa, que levantó hasta sus propios labios. Y sopló. Sopló el lÃquido mientras lo miraba, la cabeza inclinada, los ojos levantados. Y él la miró. Sin mover la cabeza, sólo los ojos, como un artillero que corrigiera la dirección del fuego.
Entonces, la paloma voló de nuevo hasta su boca y los labios del señorito recibieron la cuchara en un beso largo, tanto, que, ahora sÃ, sus rostros quedaron enfrentados:
—Perdóneme un momento, voy a necesitar un paño de cocina —susurró ella, pero Manolo se habÃa forzado a oÃr—. Quema mucho.
Se levantó con ceremonia y dejó el cuenco a su lado, en las sábanas, como un nido caliente que hubiera caÃdo a la nieve.
—Ven, Inesita —dijo Manolo tan pronto la recogida se fue—. SÃrvele de bastón a este contrahecho.
Inés, que lamÃa la taza de natillas como habrÃa hecho su gato, la apartó a un lado y se dejó caer con pies juntos al suelo. Sostuvo al celador por la cintura para caminar y, cuando la niña iba a seguir hacia la puerto, pensando que Manolo necesitaba ir el aseo, le dijo que no, que lo llevara junto al señorito.
Ya a su altura, chasqueó los dedos muy fuerte ante su cara, tan fuerte, que parecieron dos maderos chocando. Inés se sobresaltó, pero no dijo nada. El señorito ni eso, siguió imperturbable, ausente, clavado al vacÃo que habÃa dejado la petit rat al irse.
—Caballero, usted me va a hablar a mÃ.
Llevó una de aquellas manazas hasta su pecho lampiño y lo pellizcó como la tenaza de un herrero. No habÃa respuesta. El celador, como poseÃdo por la presión creciente que ejercÃa, arrastrado por una ira inexplicable, retorció más el pellizco y hasta se inclinó hacia el enfermo dispuesto a arrancarle un trozo de piel.
—¡Manolo! ¡Que está malito de verdad! —gritó Inés.
Al escuchar el miedo en su voz, liberó la piel del señorito, dejando a su paso un terrible sol rojo con algún relámpago de venas rotas.
Manolo giró el cuerpo para indicar a la niña que se fueran y, casi dándole completamente la espalda, tomó rápido la mano del enfermo y la metió de lleno en la sopa caliente.
Chilló como una mujer que hubiera atropellado un carro:
—¡¡Lunático del demonio!! —aulló, llevándose la mano sana a socorrer la quemada.
Esta historia continúa en:
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El señorito ni eso, siguió imperturbable, ausente, clavado al vacÃo que habÃa dejado la petit rat al irse.
imperturbable … perturbar… palabra de mi mami. Hay nada más para decir. 😊 no historia para discutir.