🌱XIII: Cantar la palinodia
Tierra en las uñas XIII — Continuación de «La Gran Redada»
Esta historia continúa:
La de hoy es la decimotercera de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el Ãndice el capÃtulo que te falte.
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Caminaban en silencio. Un silencio sucio por el escándalo de aquellas callejuelas, donde, si por la mañana eran usadas como extensión de comercios, ahora eran una sola taberna levantada en el estómago retorcido de un ciempiés. Y, aun asÃ, su silencio prevalecÃa, ominoso, sobre aquella jarana; el alboroto, en vez de extinguirlo, lo subrayaba aún más.
—Tienes su corrupción en la mirada.
HabÃa dicho La Cangreja y, ante el intento del resto por verlo también, Manolo ocultó la cara y volvió a cubrirse el ojo con el lienzo, tan fuerte, que sintió la palpitación de la sangre contra la tela.
—Esos payos se han entrenado bien estos años —decÃa la gitana pelirroja, aunque era evidente que Manolo ya no escuchaba.
Por las callejuelas, a cada tanto llegaban a una quietud, oscura las más de las veces, que servÃa de antesala al siguiente tramo endogámico de tabernas callejeras. El silencio, en ellas, ganaba un acento ligero y rÃtmico al avance, como de paso de Semana Santa microscópico y metálico, y, aunque don Julián hacÃa por callar el tintineo de sus ganancias a la Banca, no habÃa forma de detenerlo.
De la oscuridad de un portal, salieron dos figuras para pegarse al paso del grupo:
—Buen punteo de fandango lleva usé consigo, ahÃ, en la bolsa suya —dijo la figura de un lado.
—No se apure, hermano —dijo la del otro—, que le hacemos la merced de aliviarle del peso que le embaraza.
Pero fue Manolo el que se detuvo y, aquellas sombras, listas como estaban para echar a correr tras ellos, casi trastabillan al tener que frenar en seco. Amalia y don Julián quedaron a su espalda, buscando con la mirada a alguien en los portales que los ayudara.
—Sepan ustedes —dijo Manolo— que soy, esta noche, alguien sumamente peligroso. Estén prevenidos antes de elegir su siguiente palabra.
—No se preocupe, abuelo —decÃa uno acercándosele con un brillo filoso en la mano—, que ya le apagamos nosotros el candil para que descanse used.
La sombra bajo la chistera del viejo se le iba disipando mientras el fulano se acercaba con veinte puñaladas listas en la muñeca: unas patillas espesas primero, un bigote grueso sin engomar, un gesto de mil amarguras y, al fin…
El cuchillo repiqueteaba aún, torpe contra los adoquines, cuando ya corrÃa el fulano de vuelta a las sombras:
—¡Corre, por tu mae, Juan! —se perdió el grito por un portal.
La Cangreja, quizá como un deseo de ganar distancia, habÃa dejado de hablarle a Manolo, o como si el celador ya estuviera muerto y no hubiera caso en dirigirle más palabras, y le hablaba ya sólo a Amalia y don Julián:
—Hay gitanas de fuera que los llaman baróshil, que significa gran frÃo en romanÃ. Llaman asà a los espÃritus, todos los que se quedaron a medio camino; por ejemplo, las keshalyi son las más dóciles y buenas, son las que terminan enredando su eternidad en los bosques, pero hay más, malas como un dolor: las nivashi, las lilyi... Las gitanas de La Alcazaba no atrajeron a ninguna de esas por miedo a que se revirara contra ellas. ¿Sabéis qué es la Pomana?
Amalia y don Julián negaron en silencio.
—Válgame… No sabéis na. A ver, cuando muere un gitano le hacemos la Pomana justo después del funeral, luego a los nueve dÃas, a las seis semanas, a los seis meses y ya, cada año, en el dÃa de Todos los Santos, que está por venir. La Pomana sirve para guiar al difunto: se le da comida, bebida, oros, contamos sus historias… Todo para que se quede servido, para que siga su camino al otro lado y no se quede enredado en este, para que no se convierta en un baróshil.
»Asà que en verdad los baróshil son lo mismo que nosotros y, lo mismo que estamos hablando ahora, se puede hablar con ellos. Las gitanas del campo saben atraer a las keshalyi para, a través de ellas, ver con sabidurÃa. Les hacen algo parecido a una Pomana, pero en la que se invita al baróshil a compartir naturaleza: la gitana pasa a estar muerta el tiempo en el que el baróshil pasa a estar vivo y, en ese intercambio, se comunican como tú te comunicas con tus pensamientos o con tus manos o con el corazón mismo. Luego, si el baróshil es gentil, se deja ir sin oponerse y vuelve a vagar por las tierras mortales.
—Pero si no es gentil, se queda —dijo Amalia y La Cangreja asintió.
—O cosas peores, ahà tienen un ejemplo —Señaló con la barbilla a Manolo—. Todos los baróshil añoran la vida, nadie quiere atar a uno consigo demasiado tiempo, ni siquiera más de unos minutos, pero estos payos, por la guerra suya, de algún modo sà lo hicieron. Estos años sólo he podido imaginar qué estaba pasando, pero ahora —Miró fugaz a Manolo—, ahora es evidente.
Fuera al fin de esas callejuelas a orillas del Manzanares, Manolo apretó el paso casi a la carrera y la recogida y el cesante tuvieron que esforzarse por mantenerlo. A ese ritmo, llegarÃan a Lavapiés en minutos, y sin maldito aliento.
—Han hecho de la keshalyi un perro de pelea, siempre hambriento de vida para que la cazara tan pronto fuese liberada en la guerra —Miró muy fijo una última vez a Manolo—. Pues claro que Dieguito Tramontana es un mindundi, y que haya utilizado ese poder no demuestra otra cosa que eso mismo. Los payos han encontrado cómo pervertir la Pomana para que, en lugar de una comunión entre espÃritus, su naturaleza, de tan nefasta, devore el alma de los que la rodean: de todos, sin excepción. Si el Tramontana valiera algo, no le habrÃan dado la tarea de agarrarle la correa al tigre.
Manolo llamó tres veces a la puerta y esperó, con el recuerdo de las palabras de La Cangreja sangrándole la mente. Antes de que alguien respondiera a la puerta, Amalia y don Julián llegaron. La recogida se apuró en recobrar el aliento para decir:
—Les voy a decir, con respeto, que voy a ser yo quien hable con De Tramontana —dijo con esa raspa de francés en la lengua, quizá más acentuada por la falta de aire.
Aquellas eran las primeras palabras que se escuchaban en el grupo desde el encuentro con los dos ladrones y, de algún modo, sonaron a realidad, a despertar de un sueño. Ninguno de los dos habló y Manolo simplemente dio un paso a un lado, la cabeza siempre inclinada, muy gacha y el sombrero terciado sobre el lienzo del ojo.
Amalia se colocó ante de la puerta, levantó algo la barbilla y estiró los hombros, como si estuviera a punto de salir a escena, y llamó otras tres veces a la puerta.
—¿Voy a buscar al sereno?
Dijo don Julián justo para coincidir con la salida a un balconcillo de una muchacha flaca, un rubio pobre el suyo aun iluminado por el candil. El camisón le quedaba como si vistiera la bandera de un buque inglés.
—¿Vienen a por él? —Le morÃa la voz al hablar.
—Sà —dijo Amalia.
La muchacha volvió para dentro y los tres, hasta Manolo, intercambiaron miradas.
—Creo que esperan a… —susurró don Julián—. Que los esperan a ellos.
Amalia le chistó e hizo un gesto hacia el sonido de llaves al otro lado de la puerta. Se abrió por fin el portal para que pudieran ver de cerca la fatiga de vida encarnada en un cuerpo. Era la muchacha tan frágil y consumida, que parecÃa que fuera a descomponerse en polvo si la rozaran.
—No ha querido dárselo a nadie más que a ustedes en persona —dijo—. Ni siquiera a mÃ.
Amalia asintió y, en cuanto hubo cerrado de nuevo el portal, siguieron a la chica por unas escaleras estrechas hasta el tercero de los pisos. La oscuridad le hacÃa el favor al edificio de mantener su miseria en secreto, sólo el crujir de los escalones era lo bastante indecente como para contarlas.
Llegaron a un cuarto pequeño, apenas con una cama, un aparador y un fuego algo apartado. Sobre las sábanas desechas, todavÃa vestido de calle, el poeta se revolvÃa, empapado en sudor y demencia:
—Un vacÃo tremendo… Un vacÃo… ¡Tinta! ¡Tiempo! Esta ausencia de forma y… sentido… ¡Pena en el publico! ¡Una mirada! Lástima… Lástima… —Se irguió con urgencia, la mirada perdida—: La luna, señálame la luna, Margarita.
Manolo levantó la cabeza. Ese nombre habÃa conseguido erizarle el vello como no habÃa podido aquella premonición viva de lo que le deparaba la maldición. La tal Margarita se acercó, quebrado el espÃritu, al joven y, muy cerca de él, le señaló a través del balcón:
—Ahà está, mi vida. Está llena hoy, mi vida. Para ti.
—Llévame allÃ, por favor.
—¿A dónde? —dijo ella, lista para cargarlo—. ¿A dónde te llevo, vida?
—A la luna, Margarita, no quiero… No quiero más…
Diego enterró la cara contra el hombro de la chica y lloró pesadamente, vaciándose el alma de lo poco que le quedaba. Agachada, el pelo la cubrÃa, pero en la voz fue evidente que también lloraba:
—La Guardia del Mausoleo está aquÃ. Entrégales el talismán, dáselo para que puedas descansar, ¿sÃ?
Aquello lo serenó algo, lo justo para que Amalia aprovechara para acercarse y le pidiera a la chica que los dejaran solos.
—Cuando ustedes tengan a bien… El pago prometido… Sólo quiero enterrarlo con —se le terminó de quebrar la voz— dignidad.
Amalia no se atrevió a asentir. Con un único candil en casa, la chica salió al pasillo para quedar allà a oscuras. El poeta ya volvÃa a estar tumbado.
—Dame el talismán, Diego —dijo larga, casi firme, a su lado, un contraste universal con la marea revuelta que era su figura.
El lunático no habló esta vez, alargó la mano que habÃa mantenido todo el rato crispada y, a punto de abrirla sobre la de Amalia, Manolo interpuso la suya con suavidad y recibió algo metálico que no quiso mirar.
—¿Qué sabes de la Guardia del Mausoleo? —dijo la recogida.
—Bienaventurados los que mueren en el Señor, bienaventurados los que…
—¿Qué sabes de la Guardia del Mausoleo? —repitió.
—El vigilante es el miembro de la Guardia más importante y sobre el que recae la sagrada, la sagrada responsabilidad, la sagrada misión, la sagrada luna llena que me habla desde un verso perdido allá en la ruina gris, lamento de abismo, abismo sagrado del vigilante nocturno, espÃritu y carne de vuelta a la mar de la nostalgia amada. No hay. No hay más que eso.
—Cómo pudiste hacerlo —Amalia perdió toda rigidez—, habÃa una niña delante: una niña, Diego. Inesita…
Amalia no era la primera en pensar en la niña, Manolo llevaba rumiando todo el camino el horrible destino que le deparaba a la pequeña Inés, condena que él mismo habÃa firmado. Diego empezó a canturrear algo:
—La hija de la Inés vende rosas en el mercado, las baña con perfume y con besos pa su amado…
Amalia estuvo a punto de decir algo más, pero de la noche, por el balcón, llegaron los golpes de un puño contra el portal.
Un perro ladró en la calle y con un solo chistido, como otro golpe siseado, el perro calló en seco.



