🌱XIV: Nadie le devuelve el favor al sepulturero
Tierra en las uñas XIV — Continuación de «Cantar la palinodia»
Esta historia continúa:
La de hoy es la decimocuarta de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el Ãndice el capÃtulo que te falte.
Y, si quieres que un bonboi pequeñito vaya a tu bandeja de entrada para asegurarse de que no te vuelves a perder otra entrega, suscrÃbete:
No estaba a gusto con ese perro. Cuando lo miraba sentÃa como si el Maestre lo viera a través de sus ojos; siempre negros, orbes del más allá.
—Nephes.
Golpeó su nombre, como una orden, quizá sólo para confirmarse en su propio mando, y el perro se acercó más al novicio. Las uñas de Nephes arañaron despacio los adoquines con cada paso hasta que se volvió a sentar, casi rozando a su amo transitorio. El pelo corto le brillaba algo bajo el candil, aunque prieto, como un mar que se va apagando cerca de la luna nueva.
Dios hubo de poner inteligencia en las bestias, pero qué necio no hubiera visto algo más en Nephes. Ese porte debÃa estarle vetado a un ser que viviera aún a cuatro patas; de tan regio, espantaba, no desde la amenaza, sino por tener alguna clase de nobleza que para él fuera inalcanzable.
—Nephes, Basar y Ruah son tus antiguos —habÃa dicho uno de los guardianes, en broma sólo a medias—. Cuando te cruces con ellos, salúdalos como a un superior.
Todos en la Capilla habÃan reÃdo, algunos asintiendo con auténtica gravedad. Él sonrió la broma, por parecer que asà se encogÃa menos.
Están tardando demasiado, piensa. Sabe lo que ha de hacer si se resisten o si tratan de huir con el talismán; cosa distinta es que quiera hacerlo, que vaya a ser capaz de hacerlo. Pero un tintineo al otro lado le salva de aquel examen de lealtad.
La cerradura martillea siendo liberada, una y dos veces, y al abrirse la puerta queda seco, sólo Nephes se adelanta para entrar. Esperaba un rostro vil, acorde a la calidad del barrio, pero aquella mujer…
Se espanta de admiración cuando incluso interpone el cuerpo para que Nephes no pueda entrar:
—DÃgame si es usted —dice, con un deje exótico.
—Soy —imita la gravedad de sus hermanos.
—Tiene que decÃrmelo.
Asiente:
—La Guardia del Mausoleo me envÃa.
La mujer, decentemente vestida, de calle pese a las horas, se hizo entonces a un lado y Nephes entró como una sombra que pasara arañando el silencio. Cuando él lo hizo, y llegó al primer escalón, le extrañó que no pasara la llave:
—¿No cierra? —dice él.
—¿Piensa quedarse mucho? —Ella.
El novicio entrecerró los ojos con un palpitar, creyendo o deseando ver en sus palabras una propuesta. La mirada se le derrumbó al talle, a la cintura fina, a las caderas, recatadamente disimulada con una falda larga y negra. Luego el cuello alto, blanco, asegurado con un honesto lazo negro.
Si tuviera el porte de Nephes, yo podrÃa tenerla; se avergüenza descubriéndose pensar.
Arrastró los pies, más que subir, y, estúpidamente, se dio cuenta de que no sabÃa a dónde iba. Se giró y el candil dibujó en la pared un bosque con los barrotes de la barandilla. No tuvo que preguntar, ella le dijo, serena, que el tercero a la derecha. Subió doliéndole cada rechinar de la escalera, como si fuera una descortesÃa por su parte o una falta de etiqueta.
Respiró al llegar al tercer piso.
La puerta estaba abierta, y no habÃa más que un lecho desordenado, un hombre que creyó muerto y algunos trastos del vivir. Qué gran indecencia tener a un primor como esta bendita en una caverna mohosa asÃ, piensa y se le afea el gesto por la injusticia del que tiene más siendo menos.
Pero el muerto se mueve y Nephes se adelanta, flemático, para olerle una mano tendida hacia el vacÃo; luego, simplemente se vuelve al pasillo. La mujer celeste se acerca entonces y susurra con ese terciopelo en el acento:
—La Guardia del Mausoleo está aquÃ. Entrégales el talismán, dáselo para que puedas descansar, ¿bien?
Y el muerto se agita, mira enardecido a nadie, desquiciadamente colérico:
—¿Otra vez? ¡Os lleven los demonios! Dejadme morir en paz…
—Dáselo, Diego —Azota la joven.
Y el tal Diego, con la raspa de fuerza vital que le queda, lanza algo que choca en el pecho del novicio y rebota metálico en el suelo. Cae el muerto en sus pesadillas de nuevo mientras el joven, mandÃbula en desarmen, mira el talismán.
La reliquia más sagrada de la Guardia. No. La reliquia que cimienta la Guardia misma lanzada como no se lanza un maravedà a un mendigo.
Se apresura a recogerla, como queriendo limpiarla de la ofensa con su prisa. No se la figuraba asÃ. La creÃa un collar enjoyado, de oro o, a lo menos, plata. Sin embargo…
¿El talismán es una condecoración militar?
Aunque, bien pensado, tiene algún sentido simbólico que lo sea.
El novicio pasa el pulgar por su centro, donde se lee: «Recompensa por la Batalla de Vitoria». Es una cruz blanca, con todos los brazos de igual tamaño, apuntados los ángulos, y con una girnalda de laureles que los une. Encima, una corona y una argolla que hubo de servir para pasar la cinta distintiva. En el reverso, en lugar del lema, hay tres sables blancos cruzados sobre un fondo rojo.
—Cuando usted tenga a bien... HabÃa un pago prometido. Sólo quiero enterrarlo con dignidad.
Dice la mujer, frÃa. No parece que respire siquiera. Viuda honrada; desea una sepultura digna para el que en vida la arrastró a retozar en la ponzoña… Qué bandera de mujer…
Pierde entonces una mano en el capote y le acerca una bolsa negra, medida y preparada por él mismo para este momento. Aunque no se imaginaba, cuando contaba onzas, que tendrÃa tan gran placer en desprenderse de ellas.
—Yo podrÃa… —dice él.
Pero la interrogación en su mirada, el brillo de ojos, las pestañas largas… Es demasiado ristre de lanzas para caballo tan flaco. Sólo asiente, se peina sin gracia una guÃa del bigote, escaso, y voltea con ondear de capote.
Puedo rondar el barrio mañana, piensa mientras sale al pasillo, y se detiene al ver a Nephes ante la puerta vecina, el hocico casi contra la madera, apuntando con el rabo recto, como un presa señala a una perdiz caÃda.
—Nephes, vamos.
Pero, sin moverse un paso, el perro comienza a gruñir.
El novicio siente de pronto la presencia de la mujer a la espalda; peor, siente cómo la autoridad se le vuela, como un estornudo de rapé. Y se determina a la gloria o la muerte. Un paso hace temblar las maderas, luego otro, y el novicio agarra del collar al perro y tira de él como de unas bridas:
—Vamos.
Nephes apenas se resiste y, en cuanto ve que su voluntad es imposible, hasta tira del humano para ir más rápido, para descender las escaleras cuanto antes. El novicio querÃa, habÃa planeado, tener una última palabra con la mujer, en el portal. Pero ahora brotaba un nuevo miedo: que se le escapara Nephes, pues no parecÃa sino que quisiera volver a la carrera hasta la Cripta.
AsÃ, inclinado sobre el collar, tropezando con este y aquel adoquÃn salido, Nephes lo arrastró hasta la esquina de la calle, donde el gran carruaje negro y un cochero, que no lo habÃa mirado ni una sola vez en toda la noche, esperaban su vuelta. Abrió la puertilla y el perro saltó al pescante y al interior, hasta dio un ligero ladrido de apremio al ver que el humano, torpe de vista, no acertaba con el pescante.
El cochero hizo lo suyo y ocho cascos sonaron, musicales, en la noche.
Al novicio sólo le apenaba una cosa: que fuera tan tarde y nadie pudiera verlo viajar en un carruaje; más con esos dos caballos como bueyes, de un negro intenso, limpio, igual que Nephes. El trayecto hasta el cementerio era más corto de lo que le gustarÃa. Apenas le dio tiempo para volver a observar de nuevo el talismán, indefenso en su mano, y pensar en por qué el resto de los novicios temÃa tanto su proximidad.
Lo tomó por la argolla y lo suspendió ante él, sólo movido intermitentemente por los baches del camino: quién iba a decir que, una condecoración real, concedida por el propio Fernando, contenÃa al verdugo que le habÃa ganado el trono en la guerra, y se lo arrancarÃa en la paz.
Se le erizó el vello.
Porque serÃa él mismo el que, con la visita del rey al Cementerio General del Norte, liberarÃa al verdugo el treinta y uno de octubre, en la misa de ánimas, vÃspera del DÃa de Todos los Santos.
Sonrió.
Bajó con un salto infantil del carruaje y, cuando le hubo seguido Nephes, el coche se fue de allà con el mismo paso lento y sostenido. Una vez más, en cuanto abrió la enorme verja del cementerio, el perro se disparó hacia la Cripta. Se afanó en cerrar con llave.
—Nephes… ¡Nephes…!
Susurraba con ansia, sin querer gritarlo por si hubiera algún hermano guardián que pudiera descubrirlo en tan penosa situación. Pero el perro trotaba a paso decidido hacia la tumba de la Condesa de Jaruco, asà que tuvo que alcanzarlo a la carrera y simular que andaban a la par, poseÃdos por la misma prisa.
Al llegar, tanteó, entre la placa de la Condesa y el jarrón, en busca del tirador. Al fin, consiguió accionarlo y el falso sepulcro se desclavó. Miró a ambos lados y levantó la piedra que, aun con ayuda de los mecanismos, le hizo emplear todas las reservas de voluntad, escapándosele al final en un gemido. Nephes se coló por el primer hueco y bajó las escaleras dando ladridos cortos.
Para cuando el joven llega a la Cripta, el perro ya está rondando, nervioso, al hermano DarÃo. El novicio lo saluda como le corresponde.
—¿Qué diablos le has hecho a Nephes? —dice—. ¿Dónde está el talismán?
El novicio agradece la pregunta, al menos una que puede responder, y exhibe la condecoración, triunfante, como si hubiera sido él quien la consiguiera en la batalla de Vitoria.
—¿Eso qué es?
No hay respuesta.
—¿Es una maldita broma? ¡Dónde está el talismán, novicio!
La sangre se le corta en las venas. Se queda petrificado como una representación inmortal del ridÃculo; el brazo extendido y una antigüedad inútil colgándole.
El hermano DarÃo cierra los puños, a punto de ir a por él, cuando a su espalda el cofre negro tiembla con violencia. Un susurro corre la pequeña cámara de mármol y Nephes ladra. Aquello devuelve la quietud al cofre.
—¡Imbécil, sin el talismán puede liberarse en cualquier momento!
La garganta se le anuda. Apenas puede hablar. La voz le sale desafinada, como un niño al borde del llanto:
—Pero… ¿La keshalyi no está en el talismán?
El guardián da dos pasos hacia él y le estampa el dorso de la mano tan fuerte que lo derrumba.
—No sirves ni para mandarte a morir. ¡El talismán la mantiene en la caja!
El baúl negro vuelve a vibrar con fuerza, a punto de caerse del altar donde se exhibe, y Nephes ladra como Cerbero, una única vez. El baúl se detiene.
—Hay que avisar al Maestre…



