🌱XV: Día de Finados
Tierra en las uñas XV — Continuación de «Nadie le devuelve el favor al sepulturero»
Esta historia continúa:
La de hoy es la decimoquinta de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el índice el capítulo que te falte.
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Manolo, sin que el comisario se lo pidiera, puso el talismán sobre la mesa.
Despacio, como se pone una apuesta arriesgada en juego. Lo mantuvo ahí, cubierto con la mano, hasta que al fin la retiró, arrastrándola, como una caricia no pretendida o un bajar de marea lento; fue desvelando un medallón, más bronce que oro, con el único tallado geométrico de un cuadrado y, en su centro, una piedra roja.
Paco lo miró desde lo recto de su respaldo, los dedos entrecruzados sobre la mesa, pensando que ojalá no hubiera sentido ese escalofrío, que ojalá pudiera ver en ello sólo una bagatela gitana, una charlatanería que vendieran por los pueblos.
El comisario tenía un cochero que se llamaba Ismael, un hombre de los escasos mil que sobrevivieron al Segundo Sitio de Zaragoza durante la Francesada. Él era entonces poco más que un niño y, lo mismo que hombres y mujeres, había tenido que defender la ciudad, enterrar cadáveres mientras hubo espacio y ver morir a su alrededor a cuanta persona había conocido de vista o trato en su vida. Cuando el hedor de los muertos insepultos en las calles, más que las bombardas francesas, los hizo capitular y entregar la ciudad, Ismael se fue de Zaragoza buscando algo y dio con el Primero de Voluntarios de Navarra, donde pasó el resto de la guerra:
—Es mejor no tener alma del todo que tener una poquita.
Le dijo una vez, sin sonrisa, con la mirada opaca del que hace mucho que ha dejado de ver. Ahora, con el talismán delante, no podía sino reconocer en esa piedra roja el alma perdida de Ismael, ese filo último que urge extinguir antes de que te entierre en sombras para siempre.
Si Manolo no le hubiera hablado, no estaba seguro de cuánto más podría haber pasado mirándola.
—Tienes que escribirle al superintendente, Paquito. Esto es peligroso. Para todos. Hay que mandar una escuadra al cementerio y sacar a esos bastardos de ahí.
El comisario todavía quedó mirando el talismán algo más y, en cuanto alargó una mano torpe con intención de tocarlo, Manolo se adelantó para recogerlo y lo guardó de nuevo en el bolsillo del chaleco, como un reloj que no tenía.
—Muéstrame el ojo.
Manolo, al vestir uniforme de nuevo, había cambiado el lienzo por un parche de cuero, hecho aquella misma mañana por el zapatero de la calle Hortaleza. Sin embargo, negó con un gesto suave y se levantó. Recogió la chistera de la mesa y el bastón pesadamente, sin querer irse, y al fin lo miró, ya de costado:
—Creo que no nos volveremos a ver, Paquito.
El comisario quiso responder, bromear, quitarle hierro, decirle que exageraba, que mañana esperaba novedades, que más le valía…, pero sólo pudo despegar los labios, un poco, sólo para mirarlo sabiendo que, de algún modo, tenía razón. Ahora, él también sentía la despedida como algo evidente y consumado.
Manolo alargó una mano y el comisario se puso en pie para estrecharla. Estaba frío. Paco arrugó la cara con una pena rígida, como si quisiera conservarse lo digno a través de la severidad. Manolo sonrió algo bajo el bigote:
—Haberte servido a ti y a tu señor padre ha sido siempre el mayor honor de mi vida.
Aquellas últimas palabras lo habían ayudado a llegar al final de la carta. Ante cada duda, ante cada mirada al retrato de Inma, sonaban aquellas palabras, junto a la voz de su esposa, recordándole que Manolo no le mentiría.
La pluma rasgó el papel, rápida, en un movimiento mecánico y conocido al firmar bajo su nombre y cargo.
Quedo entonces ahí, recostado, como después de una carrera o una paliza, pensando en que, aunque no lo entendiese, era lo correcto. Más que hacia el peligro esotérico, había encaminado su solicitud hacia el atentado contra el bando que prohibía las reuniones secretas y, más aún, a la inmoralidad de hacerlo en un lugar tan poco cristiano como era profanando un cementerio.
Ni siquiera escuchó los suaves golpes a la puerta antes de abrirse:
—Señor Balzola —Apareció la cabeza canosa de su criada—, un celador real, don Alfonso de Valbuena, espera en la puerta pidiéndole audiencia.
Le dijo que lo condujera al salón, que se reuniría con él en un momento, y, cuando volvió a cerrar, suspiró desde el alma. Don Alfonso era celador real por ser algo y, después de haber heredado el título de su padre, no tardaría mucho en dejar de serlo para empezar a ser alguna otra cosa en el Ministerio, muy probablemente, por encima de él. Aunque lo que le minaba por dentro es que actuase como si ya lo fuera, como si ese ascenso estuviera publicado y Paco fuese el único al que no hubieran dado aviso.
Queriendo terminar cuanto antes, se levantó, se puso de nuevo la chaqueta y fue al salón.
—Don Francisco —dijo con una sonrisa y un apretón de manos, ni rastro de «señor comisario».
Las sienes muy peinadas, alguna cana tímida naciéndole ya, y un flequillo travieso, rizado, que le caía contra la frente como anuncio material de su irreverencia jerárquica. Pese a tener posiblemente la misma edad, vestía extremadamente sobrio, del todo en negro; asumió, como luto por el reciente fallecimiento del padre.
Paco asentía, casi siempre sin sonrisa, y daba alguna respuesta cuando la conversación sobre nada que iban teniendo le obligaba a hacerlo.
—¿Cómo se encuentra don Manuel?
—¿Disculpe? —aquella pregunta lo había devuelto de pronto a la inmediatez de su salón.
—Don Manuel, celador de barrio. ¿Cómo se encuentra? Llevaba desaparecido dos días y lo han visto salir de su despacho con el ojo emparchado. ¿Cómo se encuentra?
No había preocupación en sus palabras, sino intención. Paco no respondió, y aquel se inclinó un poco más hacia delante, como con algún tipo de hambre que le fuera muy incómoda:
—No es el primer celador que, por una noche, o dos, se olvida de que es celador y se pierde por las tabernas a orillas del Manzanares, ¿verdad? Creo que por allí lo han visto. Seguro que ha vuelto con alguna buena historia.
El comisario casi sucumbe a la tentación de responder, pero supo mirarlo en silencio un poco más, concentrado en su respiración. Una. Dos.
—Claro que quién podría tomar en consideración la historia de un viejo borracho más que para compadecerse de él, ¿verdad?
Paco se llevó una mano entre la patilla y el moflete. Le empezaba a crecer la barba. Y simplemente dijo:
—¿Qué sabe usted de la Guardia del Mausoleo?
Los ojos le palpitaron como si le hubiera mentado a la madre. Sólo después rio, aunque demasiado tarde y demasiado alto como para que significara algo.
—¿No se habrá creído usted…? —rio aparatosamente, sin risa en los ojos—. Santo Cielo, don Francisco, las cosas que usted tiene…
—He visto el talismán.
La risa se le consumió dejándolo cabizbajo, mirando a la esquina de la mesita de café; el flequillo torpe sin saber ocultarlo del todo:
—¿Lo tiene él? —dijo.
—He de entender…
Levantó la vista:
—No hay nada que usted pueda entender, ¿lo tiene él?
Unos nervios le llenaron el cuerpo, un temblor agrio que le aceleraba la sangre; uno que hacía más de diez años que no sentía, ese de llevar la mano en trueno al sable para saltarle encima a un francés:
—¿Qué demonios quieren hacer ustedes?
—Sólo lo que es justo para Las Españas: asegurarles un buen rey.
Paco resopló una risa incrédula:
—¿Era eso? Toda esta historia de hechicería y maldiciones y detrás sólo hay una panda de carlistas exaltados.
Alzó la voz:
—Don Carlos María Isidro es el heredero legal y quien merece regir esta nación. Usted sabe de leyes, don Francisco, abolir la Ley Sálica para que la niña suba al trono es ilegal, aparte de una calamidad para todos. España necesita un rey…
—España ya tiene un rey —interrumpió.
Don Alfonso se levantó de un salto, pero no Paco, y dejó que le gritara desde lo alto:
—Un rey que nos ha arrastrado por el fango después de arrancarle el país de las manos al mismo Napoleón. Un rey incompetente y caprichoso, inútil en todos los sentidos para el gobierno y para manejar su vida, que va a regalarle nuestra patria a una liberal afrancesada, una puta que no tardará en venderle el país a los gabachos desde que se le traben las faldas, o se las suba para montarse sobre alguno de ellos.
—Sé bien que no es un buen rey. Pero es el rey.
Don Alfonso escupió una risa:
—De verdad eres un pobre hombre, Francisco. Un pobre hombre y un patriotero descerebrado, amaestrado y ridículo, incapaz de ver la realidad aunque te explote en la cara. Debiste haber muerto en la guerra para salvarte algún honor y alguna vergüenza.
Por fin, Paco se levantó:
—El servicio le acompañará a usted hasta la puerta.
El comisario se colocó el cuello de la chaqueta de un suave tirón y dio dos pasos para salvar la mesa de café, tres hasta salir del grupo de sofás y dos pasos más que no le llegaron para alcanzar la puerta.
Un estampido a la espalda lo hizo doblarse hasta apoyar las manos en el suelo.
Rechinó los dientes y se giró rabioso, como un perro se voltea al lomo para morderse la herida que no entiende. Don Alfonso, tras una nube pobre de humo, lo apuntaba con una pistola corta de caballería; vasca, irónicamente, como él.
Paco mira en un instinto a su sable, colgado sobre el sofá desde el que viene, y don Alfonso rebota la vista hacia él. Intenta levantarse, pero no puede, apenas consigue erguirse algo apoyándose en el reposabrazos del sofá más próximo.
Se escucha entonces el silbido del sable al desenvainarse, y Paco sonríe, tétrico:
—Que seas tú —susurra.




los gabachos
Nueva jerga para mí
¿Peyorativo para un francés?
Peyorativo para un estadounidense (¿si eres mexicano?)
Mi diccionario también dice algo sobre "rana", pero no puedo corroborarlo.
Ni una palabra de mi madre -
“arrastrado por el fango”
Dragged through the mud
Quiero decir, por supuesto que ella usaba esta frase. Pero solo me doy cuenta de que el dicho se traduce directamente. Es bueno saberlo.
He estado luchando con los dichos... cuando pruebo traducir inglés al español