🌱XVI: Misa de Finados
Tierra en las uñas XVI — Continuación de «DÃa de Finados»
Esta historia continúa:
La de hoy es la decimosexta de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el Ãndice el capÃtulo que te falte.
Y, si quieres que un bonboi pequeñito vaya a tu bandeja de entrada para asegurarse de que no te vuelves a perder otra entrega, suscrÃbete:
—¡Atenta la compañÃa! Fir-¡mes!
Los zapatos retumbaron en el cementerio y el teniente Gazorla giró sobre los talones para saludar al capitán de la guardia de honor:
—A la orden de usted, mi capitán. Primera compañÃa de Granaderos lista para revista.
El capitán devolvió el saludo:
—Gracias, don Antonio.
El teniente regresó a su posición en la formación y, cuando el capitán mandó un paso al frente a la primera fila, una muralla azul de piernas se alzó coordinada y otro taconazo retumbó en el cementerio.
Son muchos, pensó el novicio. Y con más cara de presos que de guardias reales. La Guardia del Mausoleo, sin control sobre la keshalyi, es poco más que una Ronda del Pecado Mortal secreta.
Se ruborizó al pensar esto, como descubriendo sin querer la posibilidad de ser libre en sus pensamientos. Todos estaban nerviosos, tanto como para contestar al propio Maestre.
—Con el debido respeto, Maestre… ¿Está diciendo que vamos a ir de farol?
El Maestre, aquella misma tarde, habÃa asentido.
Después de confirmarse que no quedaba ni rastro del talismán, se convocó una reunión extraordinaria en el Sagrario, un edificio en la Calle de San Roque que pretendÃa ser monasterio. El novicio habÃa ido conociendo a hermanos a cuentagotas; sin embargo, ahà estaban todos, incluidos los cuatro Barones de los que sólo habÃa escuchado hablar, y hasta habÃa empezado a dudar de que en verdad existieran.
La nave de esa capilla habÃa sido vaciada mucho antes de que él ingresase en la Guardia y, en lugar de bancos, se sentaban en sillas que recorrÃan las paredes y les forzaba a mirarse de frente. En vez del altar, el Maestre, custodiado por Nephes y Basar como esfinges negras.
Era un hombre maduro con cierto aspecto de sacerdote, y tal vez lo hubiera sido. O quizá empujaba a pensarlo que tuviera siempre un rosario de plata navegándole los dedos. El novicio lo miraba a sorbos cortos y rápidos, como si lo estuviera construyendo a piezas al otro lado de la capilla. Le miraba el pelo gris, más bien pobre, y volvÃa a sus manos, fingiendo meditación; le miraba la nariz aguileña, y se recogÃa de nuevo; luego las cejas tremendamente negras, y de vuelta a sus dedos entrelazados.
Hasta que cuando volvió a mirar, los ojos grises del Maestre lo esperaban, como un mercurio plomizo, imantado, que agarraron sus pobres ojos marrones para no soltarlos. ParecÃa que los ojos le hubieran caÃdo de la noche, que se le hubieran estampado en la cara, todavÃa hirviendo, y le hubiesen dejado esas cuencas pardas en la calavera.
El novicio supo entonces que, si llegara a tener una mÃnima oportunidad, huirÃa de Madrid.
O de España.
Por fin, el hermano que le hablaba terminó su parlamento y el Maestre cambió el objetivo de sus tenazas al responderle. En este punto, el novicio ni escuchaba lo que decÃan, cada vez que una palabra conseguÃa atravesar su barrera con el mundo, era sólo para augurarle un futuro más infame. Pero las palabras del Maestre se abrieron paso hasta él:
—No, no vamos a replegarnos ahora. No, no vamos a esperar otro año —silabeó las siguientes palabras—: No ha cambiado nada.
Uno de los Barones hizo un gesto casual, como si, en mitad de una despedida, se le hubiera olvidado algo y quisiera añadirlo antes de irse. El Maestre se levantó, despacio, y bajó los dos escalones del presbiterio para llegar hasta él. Nephes lo miró sin moverse.
Se inclinó a escuchar.
Los cuatro Barones eran los únicos que se cubrÃan el rostro con grandes capuchas, que el novicio no se atrevió a investigar más. Todos los hermanos, con intención de escuchar o sin ella, se inclinaron a la vez hacia ellos. El joven, en cambio, repartió una mirada por todos. Hasta hacÃa un par de horas, habrÃa dado un brazo por estar en una reunión del Sagrario; ahora que era el único novicio allÃ…
El Maestre se irguió de nuevo y avanzó lento hasta volver a la silla que dominaba la nave. Se dejó sentar muy controladamente y dijo, sin mirar a nadie, aunque recorriendo las dos hileras de sillas como si en verdad lo hiciera:
—Será hoy.
Aun sin murmullo de voces, el susurro de ropas incómodas llenó la capilla:
—Todo hermano utilizará de su influencia para encontrar el talismán. Sólo yo y el novicio iremos al cementerio —Lo miró, como en una amenaza—. Será hoy.
Cuando el capitán escuchó los primeros cascos en la noche, mandó descanso y las voces de los granaderos se fueron apagando. Le habÃan dicho que el párroco de la capilla del cementerio saldrÃa para recibir a Su Majestad, pero no habÃa ni rastro de él por allÃ. Entonces, unas corazas brillaron por la subida del camino y el martillazo de tacones sonó al ordenar firmes.
Los coraceros de la Guardia Real iban al trote flanqueando el carruaje del rey, el capitán miró de soslayo a la formación, la alineación de fusiles al hombro, los sables de los oficiales… Suspiró y apretó los labios. Por lo menos la luna nueva jugaba a su favor.
Al pararse el carruaje ante la formación, los caballos de los coraceros giraron y dieron frente a la entrada del cementerio, muy junto el escuadrón, como si previeran una carga de caballerÃa.
Entonces, uno de los cocheros abrió con solemnidad la puertilla y el capitán dejó de respirar, el pecho a estallarle de henchido contra el correaje. Bajó el rey, totalmente vestido de negro y chistera, aunque con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III destellando en el pecho. El capitán saludó y ladró un:
—¡A la orden de Su Majestad! ¡Sin novedad en la guardia de honor!
Fue tal el trueno, que la niña, que iba saliendo del carruaje, se apretó contra las faldas de la reina, MarÃa Cristina, vestida con distinción imperial aun para una misa privada; traje verde oscuro y armiño. El rey echó una mirada de dos segundos a la formación y le asintió antes de entrar con su esposa e hija.
El capitán volvió a respirar y dejó al mando de la compañÃa al teniente Gazorla para seguir los pasos del rey.
Aunque la capilla era pequeña, que fueran sólo tres personas dentro le daba un aspecto de catedral en miniatura. Sus Majestades tomaron asiento en el primer banco y, de pronto, el capitán recordó la ausencia del párroco, y sudó como si en verdad fuera su culpa aquel contratiempo.
Pasados los minutos, cuando el rey ya empezaba a mirar hacia un lado y otro sin entender, el capitán reunió el coraje suficiente para decidirse a recorrer el pasillo y darle la noticia. Estaba a punto de hablarle cuando una puerta gimió y apareció junto al altar un hombre de aspecto francamente siniestro; sin embargo, fue la expresión del rey al verlo lo que le hizo desenvainar el sable.
—Guarde ese sable, capitán —dijo aquella terrible figura—. Hay muertes que no se pueden combatir con acero.
Entonces, tras él, como un monaguillo sombrÃo, apareció un joven bisoño con un bigotillo pobre y la media melena recogida. SostenÃa ante sÃ, como un camarero sostiene una bandeja de dulces, un pequeño baúl negro que, de pronto, se agitó en sus brazos:
—Una bomba —dijo el capitán, congelado, sabiéndose incapaz de proteger a nadie contra tal amenaza.
—Eso es peor que una bomba, capitán.
Dijo el rey y, cuando se puso en pie, instintivamente, la reina y la princesa se agazaparon tras su sombra. El capitán dio un paso al frente para doblarles la cobertura.
—¿Hasta aquà ha llegado la locura de mi hermano? —decÃa, aun con media sonrisa, aunque le faltara el temple en la voz—. Hasta usar a Satanás contra su sangre.
Entonces, un gemido ahogado. Todos miraron al chico y la caja le bailaba en brazos como azogue.
—Nephes —dijo el hombre.
El ladrido llenó la capilla y apareció un perro, los hombros fuertes como los de un forzado negro. El baúl volvió a la quietud.
—Retráctese —dijo la tiste figura, una mano sujeta al altar—, invalide la Pragmática Sanción y restablezca la Ley Sálica.
—¡No! —dijo la reina, todavÃa tras él.
Aquel hombre, sin soltar el altar, resopló una risa:
—Demuestre que sigue teniendo voz propia. Retráctese y devolveremos a la keshalyi a nuestra custodia… O no quedará ni un gramo de carne en nosotros.
El rey apretaba la chistera con una mano a un punto de quebrarle el ala y, en aquella tensión quieta, se escucharon, a lo lejos, las campanadas de las doce. Y la puerta de la capilla se abrió de golpe:
—¡Mi capitán! —Apareció el teniente—. Hay gentes fuera.
—¿Qué gentes?
—Gitanos.



