🌱XVII: El Cuento de la Hormiga
Tierra en las uñas XVII — Continuación de «Misa de Finados»
Esta historia continúa:
La de hoy es la decimoséptima de la serie; si te has quedado atrás, puedes buscar en el índice el capítulo que te falte.
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La Cangreja le puso un vaso pequeño delante, en la barra, que Manolo rechazó con un gesto.
—Bebe, no es lo que le sirvo a la chusma —dijo.
Tomó el vaso y lo olió. Era jerez, y habría preferido seguir oliéndolo para borrarse de la peste a orín, pero se lo bebió de un trago; un trago llamado a bajar la sarta de agüeros nefastos de La Cangreja.
Acabada la tregua, la gitana siguió:
—Tu alma la está llamando —Bebió también, apenas un mojar los labios—. Como llama un cordero herido la hambre del lobo.
Manolo meneó el mísero resto de jerez en el vaso:
—También la de ella —dijo grave.
—Y también la de ella —Asintió.
La pelirroja chasqueó la lengua y, mientras rodeaba la barra, Manolo se quedó mirándole el chirlo que le marcaba la cara. Se sentó a su lado. Si había algo como belleza en ella, no venía de su aspecto, sino de alguna otra cosa.
—¿Es verdad que eres una anciana? —dijo con la libertad del que ve encerar su cadalso.
—Quizá —Sonrió y la mantuvo algo, como una madre preocupada que guardase la compostura—. Lleváis su marca. Ha de estar muy inquieta… En cuanto se libere, os buscará.
El sol de Madrid parecía despedirse también de Manolo.
Un veranillo de San Miguel tardío, o de San Martín adelantado, le llovía a salvas como una premonición del fuego eterno a los caídos.
Las mujeres volvían a vestir de verano, agitadas las conversaciones, con ese nerviosismo infantil, entusiasmado, que comenta, como una travesura graciosa, los cambios en el clima. Los hombres regresaban a la chaquetilla y el que, temprano por la mañana hubiera salido, sudaba el capote y gruñía la injusticia a lo dígame usted si hay derecho nunca saber qué ponerse uno en esta ciudad.
Al estar en Maravillas, su barrio, Manolo sonreía bajo el bigote a los muchos conocidos que le mentaban la desconsideración del astro rey.
—¿Un ojo en tinta, don Manuel? Dígame un nombre que yo…
Manolo les hablaba entonces de una infección que se andaba curando, que sólo la mantenía apartada del polvo, que…
Y seguía hacia aquella casa, el pecho pinchado, desinflándose con la cercanía, y un bombeo de voluntad que apenas lo aguantaba erguido, que sufriera para separar las ansias de besarse los hombros a las rodillas.
No es vida que darle a una niña, pensó, pero es vida.
Y llamó a la puerta de un bajo con un pequeñísimo huerto, cosechado o sin sembrar.
Voces al otro lado y abre una mujer gruesa, bien morena, el pelo recogido sin demasiado orden, que cambia la cara de sorpresa a severidad tras reconocer al celador en la visita no esperada.
—¿Qué viene usted? ¿A llevarse a cualesquiera de mis otras hijas para que se infecten también del sífilis con las putas de las recogidas y la madre que las parió?
Tras la rabia había un llanto y, no queriendo llorarlo, el rugido le guardaría las formas de toda palabra que dijera de ahí en adelante. Manolo manoseó el bastón de celador.
—Vengo a verla.
—A verla morirse, dirá. Pase, pase —Se hizo a un lado fingiendo alegría—. Despídase de mi muchacha y váyase con la conciencia bien tranquila por lanzarle la limosna de su paseo hasta aquí. Pase, por favor.
Pese a la ironía, que casi consigue romper las presas al llanto, Manolo echó mano a la chistera y entró, fingiendo una entereza que, en verdad, pocos golpes más le aguantaría. Siguió por un pasillo a media luz, con ojos de niños a cada puerta que cruzaban, hasta llegar a una habitación improvisada que, hacía no mucho, debió de haber sido un pequeño salón.
Inés, menos morena de lo que la recordaba, convertía la almohada en un mar negro de pelo suelto. Miraba, ausente, al cielo de la ventana junto al catre, la que daba al huerto desnudo. El calor del veranillo había hecho que la niña se destapase de las mantas exageradas que le tenían y, por toda la piel a la vista, se le dibujaban relámpagos negros aquí y allá, como una gangrena presumida que sólo atacara a las venas.
La cría giró la cabeza, desganada, hacia ellos, y, entonces:
—¡Manolo!
Sonrió y se sentó en la cama con tanta ilusión, que le dolió más al celador que si le hubiera escupido en la cara.
—Niña… —dijo.
—Dígale a mi madre que voy a estar bien —La miró—. No me deja salir. No me deja ni levantarme, como si fuera una inválida. Mire.
Inesita se destapó de un manotazo y estuvo a punto de saltar al suelo, pero la madre la contuvo y la volvió a acostar y a tapar por la fuerza.
—El señor doctor ha dicho que reposo y esa cosa amarga de beber. Y un doctor sabe más lo que te conviene que un celador de barrio —Se burló con un resoplido—. Especialmente más que este celador de barrio.
Manolo, sin apartar la mirada de la niña, sonreía una tristeza que sólo le dejaba manosear la chistera ante sí. Inés, con una pena diferente, lo miró mientras la madre volvía a taparla hasta los hombros.
Y le recordó tanto a una mortaja.
—La niña se tiene que venir conmigo —dijo por fin.
Manolo se llenó de vida al verla sonreír de aquella manera; entonces, desde la distancia, escuchó latir con fuerza el corazón de la niña, y recordó.
—¿Cómo dice usted?
La niña ya peleaba contra los brazos que reñían por apresarla bajo la manta.
—Que el señor doctor se equivoca —dijo—. Que Inés sólo tiene oportunidad de vida si viene conmigo.
La madre miró sobre el hombro, a punto de escupirle cuanto insulto hubiera inventado el castellano, pero cayó en sus ojos y se le cerró la boca. Aun con parche, se sintió tan mirada como desnuda en la plaza mayor.
Y supo algo sin entenderlo.
—Pero… A dónde.
La noche estalló con el sonido de las campanas. Llegaban de lejos, desde la ciudad, como el grupo de gitanos, que se veía al otro lado de las puertas de la capilla, contenidos por los coraceros del rey.
—Dos secciones a apoyar a los coraceros, la primera sección…
—La primera sección nada, señor capitán —dijo el Maestre.
Sin embargo, el teniente dio la orden y dos secciones de granaderos corrieron a reforzar la línea de jinetes. El capitán quiso dar otra orden, pero la voz del rey lo vació de intención:
—Haga lo que dice, capitán —dijo Su Majestad.
Por fin, aquel hombre sombrío abandonó el apoyo del altar para acercarse a ellos. Su secuaz, el mozo bisoño, lo siguió a un paso de distancia, el pequeño baúl negro temblando con espasmos impredecibles.
—Tenga a bien grabar aquí un «Yo el Rey» de los suyos.
El Borbón alargó una mano para tomar el escrito que le ofrecía y, demasiado pronto en el texto, alzó aquella juntura de cejas:
—Es imposible que firme esto —dijo, dejando caer el brazo, aún sin soltar el documento.
—Lo hará. No hay otro camino, don Fernando.
Por fin, la niña rompió a llorar y la reina le susurró consuelos rápidos al oído mientras las últimas campanadas de las doce sonaban fuera, en el mundo.
Entonces, el capitán aguantó la respiración para que el orgullo que sentía no lo delatase.
Detrás del altar, en un silenció prodigioso, el cabo Gutiérrez de la primera sección, seguido del sargento Maestranza, tomaban posición en la mesa sagrada. El cabo posó el fusil y fijó la puntería sobre el mozo del baúl, con el sargento muy pegado a su hombro.
Su Majestad, la respiración igualmente contenida, se empezó a mover, intranquilo, la mirada rebotando aquí y allá. Hasta que, cuando el Maestre se decidía a mirar por sobre el hombro, el sargento vio el ligerísimo asentimiento de su jefe de compañía, más con los ojos que con la cabeza.
Y el capitán alcanzó a leer en los labios del sargento: «fue-go».
—¡No! —sonó junto a la explosión del disparo.
Una gitana pelirroja, vestida con trapos amplios, naranjas y amarillos, seguía gritando aquello, entrando a la carrera en la capilla. El capitán devolvió la vista al frente para ver al joven lanzar el baúl por la sacudida del disparo. La caja negra se derramó más que caerse y, la cara del Maestre al ver aquello, fue suficiente para que el capitán entendiera.
El rey cerró los ojos como un Cristo en la cruz.
Una esquina llegó al suelo y personas y bancos salieron despedidos como bajo fuego de artillería.
Una mano en la empuñadura del sable, el capitán voló con el pecho comprimido, como arrollado por un carga de caballería, sin aire para llamar a las armas a sus granaderos. Al aterrizar sobre astillas y patas rotas, ni siquiera hizo por buscar al rey. Tan incapaz de soltar la empuñadura como de desenvainar, no pudo más que mirar aquello.
—Señor de la vida y la esperanza —pudo decir, sin súplica, sino sabiéndose ya muerto.
De la caja, con un estallido de sombras, la capilla se ha hecho abismo; una oscuridad sólida, un naufragio tupido que les niega ver más que aquello: un dolor. Un dolor tan profundo que el capitán se siente llorar. Ante sí, una sombra gris, perdida o asustada, navegaba el manto negro. Cabellos trágicamente largos ondean tras su vuelo, como estela de desdichas, y ve, cuando el azar quiso que le diera frente, el rostro fino de una santa con las cuencas vacías; una oscuridad desgarrada le llena los ojos y, al deslizarse por la nada en vuelo, un grito agudo agita en su vestido un enjambre de almas, un coro del calvario que llora su pena con ella.
Y el capitán siente un profundo deseo de muerte, una desesperanza aguda y definitiva, un fin sanador del desengaño de la vida, de la burla de la vida, del lamento sostenido de vivir.
Entonces, la lástima de las mil o millones de almas que la visten se anega, se soterra para erupcionar en pánico, en un chillido agrio de temor. La sombra se agita con violencia, su vuelo se torna guadaña en siega. Las ropas de rostros descompuestos, podridos en su maldición eterna, se enciende en llamas y el capitán tiembla, se la acogota la hombría con la necesidad de encontrar refugio. Teme. Teme un rapto o una profanación; no, teme la furia de Dios o la caída de los astros. Teme ser masticado minuciosamente por los ángeles.
Y se suma el capitán al grito. Y se araña el rostro para desenterrarse el pánico, para sacárselo de dentro. Y corre hacia el fuego de las almas, para saltar en él, para desintegrarse en el horror y combatir el miedo con cataclismo.
Así, a punto de abrazar esas llamas gélidas, el grito absoluto se vuelve rechinar de dientes; el vacío de la oscuridad se convierte en un desierto de hambre y aquellas cuencas infinitas miran al capitán. Los labios finos se abren sin límite hasta ser un universo de fauces.
Y el capitán se rinde a satisfacerle el hambre, cae de rodillas, se entrega suplicante, los brazos altos en adoración compungida. Sin embargo, con un gesto brusco, aquel ser mira al rey y, con un gesto cada vez más frenético, desesperado, mira al Maestre, a la niña, a la reina, al cabo, al sargento. Y un rugido explota las vidrieras de la capilla, hace temblar los cimientos y las campanas se descuelgan para estallar tres pisos contra el suelo.
En un torbellino de almas en pena, la keshalyi corrupta atraviesa el pasillo y sale de la capilla para perderse en el cielo nocturno.
El regreso de la luz les devolvió a la decadencia del presente. Todos desfigurados en lágrimas; los más, orinados; el sargento, en el suelo con el cuello abierto por su propio sable; el Maestre, desaparecido.
Todos se miraron, descarnados de vida, enajenados, y sólo el cabo acertó a hablar por todos:
—¿A dónde ha ido? —dijo, la carne blanca hasta el hueso.
—A por él —susurró la gitana.
Un bache en el camino hizo que la carreta saltara y la niña se le agarró al brazo.
A su derecha, les empezaba a nacer el sol, pero, pese a lo que le había dicho Manolo, la niña seguía escuchándole con los ojos rojos de cansancio.
—Así que dicen que no hay manera ya de satisfacer a esa keshalyi, no hay manera de reconducirla. Creo que es importante que lo sepas.
Manolo, cambiado el uniforme por ropas pardas de camino, se terció el sombrero para protegerse el ojo del sol naciente, y añadió:
—Pero podemos ser más rápido que ella; movernos más rápido que ella.
La niña lo miraba hacia arriba, queriendo de verdad encontrar alguna esperanza en lo que decía.
—¿Tú no tienes miedo? —dijo por fin, deseando que respondiera un no.
—Sí, criatura. Claro que tengo miedo.
La niña se hundió sobre sí misma y perdió la vista en el suelo huidizo, ese en el hueco entre el caballo y la carreta.
—Pero el mundo es redondo, si somos más rápidos que ella... —La miró.
Manolo sintió un vacío crecerle en las entrañas por ver a la niña así:
—Escucha, Inesita. No podemos ser los primeros, ni los únicos; tiene haber más como nosotros, otros que hayan sido marcados.
La niña le habló al suelo:
—Pero si hay más como nosotros, es que hay más como ellos…
Otro temblor de la carreta evidenció el silencio. Un resoplido del caballo, las piedras que crujían bajo las ruedas… Y a Manolo se le ocurrió algo:
—Verás… Déjame que te cuente una historia. Judith y Holofernes eran… —La niña lo miró, como resurgiéndole la esperanza en ojos—. No, mejor no. Eh... Prometeo era un titán que… —Inés asintió, deseando beberse cualquier historia sin keshalyis—. No, tampoco esa… Orfeo bajó…
Manolo se detuvo a pensar, el bigote ocultándole la pendiente en los labios. Por fin exclamó y hasta soltó un momento las riendas del caballo:
—¡El león y la hormiga!
—¡Sí! —gritó Inés, sin saber qué jaleaba.
—Había un león, soberbio por saberse el animal más poderoso, que, un día, descansando a la sombra de un árbol, vio pasar una hormiga y se rio de su insignificante tamaño.
—¿Por qué? —dijo Inés, exultante.
—Porque los leones son viles y crueles.
—Ah…
—Pero la hormiga no iba a dejar que se burlara de ella por las buenas, así que, aprovechando su tamaño, escaló por la pata del león —Manolo correteó con dos dedos por el brazo de Inés, haciéndola reír— y le entró por el oído.
—¿Y entonces? ¿Y entonces? —dijo la niña abrazándose a sí misma para protegerse de más cosquillas.
—Entonces… ¡La hormiga le mordió en el oído! Y el león rugió y rugió —Manolo miró a los lados y, no viendo a nadie en el camino, imitó un rugido que devolvió la risa a la niña—. Rugió día y noche, orgulloso, sin querer rendirse a una hormiga, hasta que, al borde de la locura, dijo: «¡Está bien, señora hormiga! ¡Está bien! ¡Pare, se lo suplico! ¡Le daré mis garras, le daré mi trono! ¡Lo que quiera por que pare de morderme!».
—¿Y qué le dijo la hormiga? —dijo sujeta a la barandilla que les separaba del caballo.
—Dijo: «No quiero nada de eso, león. Sólo me satisfacerá un perdón sincero» —Inesita abrió la boca con pueril admiración—. Entonces, el león lloró suplicándole que lo dejara: «¡Perdón, perdón!». Así, la hormiga descendió de nuevo y el león nunca más volvió a burlarse de una hormiga.
Inés asintió muchas veces, sonreída:
—Ahora, ¡ruge otra vez!
—No, no —carcajeó—. Pero escucha: te dije que es imposible reconducir a la keshalyi a su naturaleza benigna, pero no dije que no pudiéramos buscar dónde morderla.
—¡Nosotros somos la hormiga!
Manolo asintió y una sonrisa le curvó el bigote:
—Buscaremos la forma de serlo.
Fin.



¡Guauuu! ¡Qué lindooo!
Amé los párrafos de descripción de la keshalyi, sobre todo el primero. Es astro tenebroso.
"De la caja, con un estallido de sombras, la capilla se ha hecho abismo; una oscuridad sólida, un naufragio tupido que les niega ver más que aquello: un dolor. Un dolor tan profundo que el capitán se siente llorar. Ante sí, una sombra gris, perdida o asustada, navegaba el manto negro. Cabellos trágicamente largos ondean tras su vuelo, como estela de desdichas, y ve, cuando el azar quiso que le diera frente, el rostro fino de una santa con las cuencas vacías; una oscuridad desgarrada le llena los ojos y, al deslizarse por la nada en vuelo, un grito agudo agita en su vestido un enjambre de almas, un coro del calvario que llora su pena con ella".
Palabra de mi madre no. 14
minuciosamente
“Teme ser masticado minuciosamente por los ángeles.”
Si vas a ser prodigioso, tienes que ser meticuloso, ¿verdad? Al menos, ayudaría.